Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Arquidiócesis de México

Comentario al Evangelio

A punto de concluir las fiestas navideñas, donde hemos meditado intensamente la ofrenda de amor que Dios ha realizado a toda la humanidad, entregándonos a su Hijo para nuestra redención; se nos ha dicho este domingo a través del evangelista san Mateo, que Jesús fue bautizado en el río Jordán (Mt 3, 13-17).

Jesús se sumerge, bajó al agua -dice el texto del evangelio-, y justamente eso quiere decir la palabra bautismo: sumergirse, hundirse, bañarse, empaparse. Cristo empapa su divinidad en nuestra humilde condición humana, condición frágil y pecaminosa, que debe ser restaurada para hacernos partícipes en su vida inmortal, inmune a todo efecto de maldad y a todo tipo de caducidad. De hecho, esto es lo que hemos venido reflexionando, que él, se ha encarnado, ha nacido y se ha desarrollado igual que nosotros, y al llegar a la etapa adulta, ha manifestado su misión salvadora iniciándola precisamente con el bautismo.

Sin dificultad alguna, podemos decir, que su primer acto público ha sido bajar al agua entre los hombres pecadores de Israel, para recibir aquel bautismo que llama a la conversión. Sin embargo, aunque su persona no necesitaba de ser limpiada con ningún bautismo, -porque él es toda pureza, él es Santo-, oímos en el evangelio cómo Juan se resistía a bautizarlo, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad de Dios (Mt 3, 13-15): que el Cordero cargara sobre sus hombros la inmundicia del mal, para quitar realmente el pecado del mundo (Jn 1,29) y así, poder renovar toda la creación marcándola con el sello de la hermosa eternidad, la gloria de la santidad.

Así, con el Bautismo del Señor, es decir, con la introducción de su magnífico ser en las aguas del Jordán, Dios nos dice abiertamente que ha querido salvarnos yendo él mismo, -en la persona de su Hijo Jesucristo-, no sólo a lo más hondo del río, sino hasta las profundidades de la muerte, con el fin de que todo hombre y mujer, incluso el que ha caído tan bajo, a tal punto que ya no ve ni el cielo; pueda encontrar la mano de Dios para sostenerse de él, a fin de subir desde las tinieblas de la muerte, a la luz de la vida y tener una nueva oportunidad de vivir y de cambiar.

Efectivamente Dios salva. Pensemos por un momento, en esos lapsos dramáticos de nuestra vida personal, donde todos –de una u otra manera-, hemos experimentado esos estados de desesperación, de angustia, de fracaso, desilusión; donde inclusive, hemos llegado a hacer nuestras las palabras de aquel refrán: “ya no siento lo duro, sino lo tupido”, o donde -lo que es peor aún-, hemos creído que todo está perdido, que no hay remedio alguno que pueda zafarnos de tal o cual situación adversa.

Sin embargo, incluso ahí, en ese lapso de nuestra vida, tan crudo y complicado, Dios ha estado presente, no se muda, no se va, Dios permanece junto a nosotros en el problema y la dificultad, en la amarga y desafiante prueba. Su presencia, su estancia en medio de la complicación es esa inmersión de la que hoy la liturgia nos habla. Empapado de nuestros problemas y vilezas, es como nos salva, nos anima, nos fortalece, nos recuerda –lo mismo que le decía a san Pablo cuando este se quejaba de aquel aguijón que atormentaba su carne y su espíritu-: «te basta mi gracia…» (2 Co 12, 9).

El Emmanuel –Dios con nosotros-, desciende al agua y al mundo, para ayudarnos a salir de los conflictos, de los obstáculos que a menudo se nos presentan, para ayudarnos a tomar aire, poder respirar, y volver a comenzar. Jesucristo, por eso desciende, y se sumerge en nuestra penosa realidad, para encontrarse con cada uno y de esta forma, evitarnos la condenación de morir eternamente.

Benedicto XVI, en una de sus tantas bellas y sabias homilías, decía: “Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el Bautismo”. Y es verdad, el Bautismo de vida. Jesús, al bautizarse nos explica que ha venido a darnos vida y vida en abundancia (Jn 10, 10), por eso, nuestro propio bautismo es la expresión más fehaciente de poder comprender que Cristo, Hijo predilecto de Dios, nos hace como él: hijos predilectos por adopción, cuya vida es la de Dios. Con su ofrenda oblativa, Jesús consigue nuestra restauración, nos reivindica revistiéndonos con aquel bello título: hijo de Dios, nos devuelve la amistad que quedó fragmentada por el pecado.

Por ello, se deja bautizar por Juan (Mt 3, 15), para que nosotros, creyendo que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), sigamos sus huellas, andemos su camino con la certeza de que este nos conduce al manantial de la felicidad plena que es el Padre Celestial. Queridos hermanos, como podemos apreciar, en el Bautismo de Cristo encontramos la explicación más clara del porqué la voluntad del Padre es que Jesús se bautice, pues con este acto salvífico, el mismo Dios comienza a encontrarse con cada uno y a señalarnos cuál es el itinerario para llegar a él. «Nadie va al Padre, sino es por mí» -dice Jesucristo- (Jn 14, 6).

De aquí, entonces, que el sacramento del bautismo, sea para todos los cristianos, la puerta de la fe, el punto de arranque para el encuentro con Dios. Pidamos pues, al Señor, que al concluir las fiestas de navidad con esta celebración, nosotros cobremos mayor conciencia del amor que ha descendido del cielo para nuestra justificación, y luchemos por vivir y testimoniar tan alta y genuina manifestación, complaciendo en todo a Aquel que nos ha dado a su Hijo muy amado, Jesucristo nuestro Señor que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

El Bautismo del Señor