Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz
Diócesis de Xochimilco
Comentario al Evangelio
El Evangelio de este domingo, se sitúa en un momento decisivo del ministerio de Jesús. El ambiente está cargado de tensión. La hostilidad contra Él va en aumento y la ciudad santa vive en una aparente estabilidad sostenida por un esplendor que deslumbra.
El evangelista describe que algunos contemplaban la belleza del templo: sus piedras preciosas y sus ofrendas votivas. Jesús, sin embargo, rompe ese encanto y confronta la mirada superficial: “De todo esto que contemplan, llegarán días en los que no quedará piedra sobre piedra”. A partir de esta imagen y del presente texto, les propongo reflexionar tres elementos importantes.
El primero es, no dejarse engañar por falsas seguridades. Las advertencias de Jesús son claras: surgirán “mesías” y “tiempos de confusión”. El Maestro recuerda que, ante la incertidumbre, el ser humano suele aferrarse a voces ruidosas que prometen el futuro asegurado. En tiempos de crisis (sociales, eclesiales o personales), fácilmente aparecen discursos que utilizan el miedo como arma y la promesa de salvación inmediata como seducción.
Lucas invita a las primeras comunidades, y a la Iglesia actual, a ejercitar el discernimiento. La fe madura no busca respuestas mágicas, sino la capacidad de interpretar los signos de los tiempos con profundidad evangélica. El discípulo debe aprender a mirar la realidad con esperanza crítica, es decir, sin ingenuidad, pero sin temor.
Cuando Jesús menciona guerras, terremotos, persecuciones y traiciones familiares, no pretende sembrar miedo, sino recordar que la historia humana está marcada por fragilidades y tensiones. De hecho, hay que recordar que el cristianismo nace y crece en medio de conflictos. Los cristianos, no debemos temer enfrentarnos al drama humano porque sabemos que Dios actúa en medio de él. En este sentido, el texto es una catequesis sobre cómo vivir la fe en momentos de prueba.
El segundo elemento, se refiere a que la vida cristiana no es comodidad, sino seguimiento valiente. Sin embargo, en el corazón de estas dificultades resuena una promesa consoladora: “Yo les daré palabras y sabiduría”. No se nos garantiza la ausencia de conflictos, sino la presencia fiel de Dios en medio de ellos.
Un detalle sorprendente del pasaje es que Jesús convierte la persecución en oportunidad: “Esto les servirá de ocasión para dar testimonio”. La adversidad, leída desde el Evangelio, se vuelve espacio de manifestación. La fe cristiana no florece solo en los templos o en las celebraciones solemnes, sino también, en el enfrentamiento con lo que desestabiliza la vida.
La comunidad que Lucas acompaña vivía tensiones internas y presiones externas. El evangelio les recuerda que su credibilidad no depende de la ausencia de problemas, sino de la calidad de su testimonio en medio de ellos. Hoy, la Iglesia sigue llamada a esta misma autenticidad: A anunciar la esperanza cristiana desde la coherencia, la humildad y el servicio, incluso cuando se ve cuestionada o incomodada.
El tercer elemento, se refiere a la perseverancia que ayuda a salvar la propia vida. Las palabras finales en el Evangelio son el corazón del pasaje. Jesús no apunta a una resistencia tensa y angustiada, sino a una perseverancia confiada, fruto de saberse sostenido por Dios. De tal manera que, la salvación no es un premio para quienes logran sobrevivir, sino un don para quienes permanecen en Él.
La perseverancia no es aguantar por aguantar, sino mantenerse unidos a Dios pase lo que pase. Debemos confiar incluso cuando no hay señales visibles. Seguir haciendo el bien aunque parezca que nadie lo nota. Es volver a empezar después de cada caída. Y esto es una gracia, nace en un corazón que sabe que Dios nunca abandona.
Perseverar implica, mantener la fe aun cuando las estructuras visibles se tambalean. Seguir sirviendo incluso cuando la misión parece poco fecunda. Continuar esperando, aunque la noche oscura parezca larga. Confiar cuando no hay respuestas inmediatas. La perseverancia cristiana no deber ser una terquedad, sino una esperanza encarnada, porque la certeza de la victoria final pertenece al Cordero y no al caos del mundo. Perseverar es, en última instancia, amar hasta el final. Y allí, en esa fidelidad humilde y cotidiana, Dios realiza la salvación prometida.
En un mundo marcado por la polarización, la fragilidad institucional, la violencia y la incertidumbre cultural, las palabras de Jesús en Lucas 21, 5-19, nos recuerdan que la fe auténtica no se sostiene en edificios, en tradiciones o nombramientos, sino en la presencia viva del Señor resucitado. La misión de la Iglesia hoy es ofrecer esta mirada nueva y no ceder al miedo.
Hermanos, a nosotros nos toca perseverar con confianza, caminar con Él. Porque, al final, nuestra vida no se sostiene por templos, estructuras o fuerzas humanas, sino por el amor fiel de un Dios que nunca nos deja solos. No nos dejemos arrastrar a simplificaciones apocalípticas. No nos dejemos sonsacar por voces que prometen soluciones fáciles, sino que vivamos la paciencia evangélica que transforma la historia desde dentro.
¡Gloria al Padre! Gloria al Hijo. ¡Gloria al Espíritu Santo! Amén.