Pbro. Dr. Manuel Valeriano Antonio

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Los griegos pensaban que para conocer la realidad era fundamental la vista; ellos sostenían que nuestro mundo y nuestras personas podían, por decirlo de alguna manera, ser leídas. La mentalidad bíblica, por su parte, no apostó por el ver, sino por el escuchar. Ésta, como hemos señalado en otras ocasiones, es una actitud humilde. La escucha, a diferencia de la vista, nos coloca por debajo de la realidad. De hecho, San Pablo sostiene que la fe nos viene por la audición. En otras palabras, el cristiano se define por su sentido auditivo y a la luz de esta realidad basada en la Palabra de Dios, compartimos dos ideas.

1.- Yo, ¿me escucho? ¿escucho lo que digo? Son inquietudes que deben de acompañar nuestra vida humana y cristiana, pues uno de los grandes desafíos del hombre actual está en su capacidad de no bloquear su camino hacia el interior. La disociación entre lo que decimos y hacemos se fundamenta, en diversas ocasiones, en nuestra ineptitud, en nuestro hermetismo, en no saber escucharnos.

Se ha hecho común el hablar sin la responsabilidad y sin la conciencia del peso de nuestras palabras. Una mirada en las redes sociales bastaría para darnos cuenta que, nosotros los modernos, ya no escuchamos lo que decimos. Nuestro amado Papa Benedicto XVI sostenía que solamente cuando los hombres pueden llegar al auténtico contacto interior, pueden también ser realmente uno de cara al exterior, es decir, quién es capaz de sondear el corazón es capaz hacer corresponder la palabra con la acción. Pero si en el interior somos impenetrables, entonces las aproximaciones exteriores sólo serán acumulación de potencial agresivo. Ésta, la agresividad y la crueldad, son la otra cara de la misma moneda, son la versión actualizada de la distancia entre lo que decimos y hacemos.

2.- El evangelista Mateo es claro al señalar que Jesús se dirigió a las multitudes y a sus discípulos para señalar que los escribas y fariseos hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres. Con esta imagen se denuncia la incoherencia de quien está al pendiente de lo que acontece en otros. Jesús ha vivido lo que ha dicho. Su coherencia lo he llevado a la cruz. No ha colocado fardos pesados en hombros ajenos, es decir, no caminó ciego respecto a lo que le aconteció en su persona.

De eso se trata en el fondo; insistimos, podemos caminar en la vida totalmente ciegos respecto a lo que acontece en nuestras personas, pero eso sí, estamos profundamente ocupados en descubrir y en evidenciar el mal en los demás. Nuestra tarea no es señalar el mal fuera de nosotros, porque la amenaza puede proceder también de la arrogancia del espíritu propio, del interior del hombre, de las profundidades de nuestro ser; nos tiene que quedar bien claro que este es el peligro de siempre y que la mentalidad bíblica llama hipocresía.