Pbro. Lic. Marcos Rodríguez Hernández

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

El reconocimiento que justifica

Nuestra vida siempre está en comparación con los demás. O los ponemos como modelos, o los usamos para criticar las formas de la sociedad de hoy. Mientras pensaba en la palabra que se proclama este domingo, encontré una noticia donde una madre española ha denunciado a su párroco, porque no ha permitido que su hijo haga la primera comunión, y ni siquiera esta bautizado. El pretexto, según ella, es porque es lesbiana.

Parece que aquello con lo que inicia el evangelio de este domingo: Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás (Lc 18, 9) sigue siendo válido para nuestros días, pero no solo para los que se sienten justos, sino también para los que se sienten despreciados se puede aplicar el mismo texto.

En efecto, en el segundo caso, las personas que se sienten despreciadas podrían como se dice hoy, victimizarse. La mujer del caso que hemos descrito ha buscado la cámara de televisión para presentar su queja: ella pudiera ser mejor que el párroco. Algunos defienden al párroco porque está en todo su derecho al ser el pastor de la comunidad y no dejar que se burlen de la fe. Pero ni este ni el niño han expresado su parecer. Todo se ha quedado en un debate público.

La clave sería pensar en que confiamos en nosotros mismos. Si hemos seguido los evangelios dominicales, el contexto es más amplio. Como siempre, Jesús enseña a sus discípulos, a nosotros, sobre el seguimiento del evangelio. Jesús ha hablado sobre la fe, como un acto de total confianza en Dios; después ha hablado de la oración, como una expresión de la fe. En la primera lectura encontramos un eco de esta última enseñanza: Dios atiende al que clama en su aflicción.

Por ello, la falsa confianza no nos lleva a Dios, pero tampoco la falsa humildad. Aquel que se presenta tal cual, ante él, descubre, como el publicano, que el único que le puede dar la dignidad es Dios; ni el fariseo, ni el sacerdote, ni siquiera él mismo: solo Dios, en la intimidad, puede reconocernos y hacernos reconocer.

Aquí suenan con gran razón las palabras del apóstol en la segunda lectura: He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me es tá reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación (2Tim 6-8).

Pablo Reconoce su labor en favor del evangelio; al mismo tiempo reconoce que el único que le puede dar la corona merecida es el Señor, juez justo, y no solo a él, sino a todos aquello que han seguido el mismo camino de encuentro, permanencia y manifestación.

Lejos de reconocernos en el Fariseo, o en el publicano, reconozcámonos delante de Dios; reconozcamos lo que somos, lo que hemos hecho y lo que merecemos. Él nos justificará, y nos dará lo que merecen nuestras obras. Perseveremos y que la fe y nuestra oración sincera, nos acompañen.