Pbro. Lic. Marcos Rodríguez Hernández
Diócesis de Xochimilco
Comentario al Evangelio
En el evangelio de ese domingo, de nueva cuenta nos encontramos a Jesús frente a las autoridades religiosas, que buscan ponerle una trampa. Los argumentos siempre son en el sentido de la autoridad que tiene Jesús de frente al pueblo que lo sigue, una autoridad que no es como la de los escribas.
La pregunta planteada es parte de las discusiones de los rabinos sobre como jerarquizar la serie de mandamientos y preceptos que en la religión judía se deben seguir: 613 mandamientos. Ante ello, aunque no sabemos cuál sería en sí la trampa hacia Jesús, suponemos que era una simple discusión entre Rabinos.
El planteamiento de la pregunta la podríamos aplicar también a nuestro tiempo y a nuestras practicas religiosas. Si bien no tenemos todos estos preceptos, si buscamos con nuestras devociones y simpatías religiosas, pensar que cumplimos delante de Dios; algunas de ellas son antiquísimas: ofertas para ganar la indulgencia plenaria visitando tal o cual templo, movimientos eclesiales que nos invitan a rezar el rosario, a consagrarnos a la virgen o al sagrado corazón. Retiros que mueven nuestros corazones a encontrarnos con Dios, pero todo queda en esos días, en esos actos, y no hay una verdadera conversión.
La respuesta de Jesús pone en relieve la característica más significativa del cristianismo: el amor. Ama y haz lo que quieras, dice el obispo de Hipona. Este amor no es un mero sentimiento, ni se desboca en un mero sentimentalismo. Es el amor que compromete toda la persona: corazón, alma y mente. Es el amor que reconoce la relación con su creador. Amar a Dios es identificarlo como el motor de toda nuestra vida y por lo tanto, de todos nuestros actos.
Pero el amor a Dios sería imperfecto si no vemos a nuestro prójimo. Por eso Jesús identifica que el amor a Dios debe estar acompañado con el amor al que está con nosotros en este camino de la vida. El mandamiento es semejante al primero, porque el prójimo es semejante a nosotros, y por lo tanto, a Dios (hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, leemos en el Génesis)
Por lo tanto, el amor al hermano es como a uno mismo y como a Dios, con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente. La primera lectura nos da una serie de recomendaciones sobre cómo actuar en distintas circunstancias con nuestro hermano. Las exigencias actuales nos dan un abanico mucho mayor.
Pienso a la reciente publicación del documento Venite ad me (venid a mí), de la Congregación para la doctrina de la fe, que nos desafía la transmisión de la fe. Ante el cambio de época, donde hoy más que nunca se trata de atrincherar el testimonio cristiano, la respuesta sigue siendo el motor de la evangelización desde la fundación del cristianismo: el kerigma.
Y, queridos hermanos, el kerigma es el amor de Dios expresado en Jesucristo, que dio su vida por nosotros. Hagamos nuestras las palabras de Pablo en la segunda lectura: Ustedes, por su parte, se hicieron imitadores nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la palabra del Señor; y su fe en Dios ha llegado a ser conocida, no sólo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes; de tal manera, que nosotros ya no teníamos necesidad de decir nada. (1 Tes. 1,5)
Que el amor, siempre presente y desafiante, nos impulse en nuestras obras, en nuestra fe, y en el servicio a los hermanos.