Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Arquidiócesis de México

Comentario al Evangelio

Con el relato de la primera lectura (Re 5, 14-17) y el evangelio (Lc 17, 11- 19) de hoy, comprobamos que la bondad del Señor no conoce límites étnicos o religiosos, que Dios, frecuentemente muestra su amor y su lealtad a todos.

En el caso del general sirio, Naamán, visto y experimentado en carne propia el poderío del Altísimo, afirma lo grande y generoso que es Dios. Oyó prudentemente el consejo del hombre de Dios, Eliseo, y entendió lo importante que es obedecer y dejarse guiar por los recursos que el Señor envía. Ante el gravísimo problema de lepra que padecía, el profeta, le había sugerido bañarse siete veces en el río Jordán para limpiar su lepra (2Re 5, 14), así lo hizo; y lo que antes era dolor, se volvió paz. Lo que en el pasado era llanto y preocupación, ahora es gozo y fe. La podredumbre de una vida orgullosa, rígida, pagana; dio paso a una vida doblegada por la humildad; hacer caso al hombre de Dios, para obtener no sólo la salud corporal, sino para mirar el sentido de su vida, porque no sólo vio que su carne se había vuelto tan limpia y tersa como la de un niño, sino que además, rompió la coraza de su impiedad. Con el auxilio del Todopoderoso, Naamán, terminó asintiendo que el Dios de Israel, es el Dios de la vida. Su gratitud, hizo de él, un creyente limpio de lepra y limpio de su condición pagana. Limpio del régimen idolatra y digno de fe en el Señor.

Sin embargo, hay dos curiosidades muy interesantes dentro de este proceso de purificación y conversión. Primero, al padecer lepra, se nos dice ya de entrada, que ese hombre es un pecador (pagano, idolatra), pues en la biblia, la lepra es símbolo de pecado; quien padecía aquella terrible enfermedad, señalaba que había una ofensa o un pecado mayor a Dios, que se debía pagar y por consecuencia, se pensaba que la enfermedad venía como castigo, ya que las enfermedades son una ruptura con nuestra conciencia y con el resto de la comunidad. Segundo, la sugerencia del profeta Eliseo, es clave de salvación y sanación para Naamán: «ve –le dice al general sirio- y báñate en el Jordán» (2 Re 5, 14).

¡El Jordán! Lugar de gracia. Caudal de vida. No es casualidad que el autor de este pasaje, aluda al mismo lugar donde Juan, bautizaba y donde el mismo Señor se hizo bautizar, puesto que este río, es símbolo de limpieza, de penitencia y arrepentimiento, pero también, de comienzo de salvación. Si Naamán fue enviado allí, fue precisamente porque Dios quería su rescate, su limpieza física y espiritual; tal y cómo también, desea la nuestra. Por ello, todo inicia con el bautismo.

Naamán, entona un cántico nuevo, una alabanza que brota de su corazón renovado, limpio, ajeno a toda mancha extraña de piel y de pecado, y lo más importante, libre de una vida sin Dios. Antes, aquel general, arrollado por el ímpetu del método y el rigor disciplinar; seguramente olvidó lo necesario y bueno que es sentir un poco de compasión e indulgencia. Acostumbrado a una vida hermética, donde sólo se reciben órdenes a voz en cuello para cumplirlas enseguida; se asombra y hasta se irrita con Eliseo, al decirle que para su curación, sólo basta meterse siete veces al agua.

No cabe duda que al no dar paso a Dios en nuestra vida, al no permitirnos conocerlo, creemos que él, es tan duro y complicado, como complicados son nuestros criterios; pero, ¡no! El general sirio, creía que para obtener la salud, se debía de hacer una serie de ritos casi interminables, más, se dio cuenta que sólo con un poco de docilidad y fe, todo puede estar a nuestro alcance. Docilidad y fe.

Herramientas necesarias para sanar cualquier afectación, ya sea de carácter físico o espiritual. Es por ello, que siendo testigo de la compasión e indulgencia divina, profesa su fe, pues, su gratitud y curación, le han valido el comienzo de una vida piadosa. La humanidad se salva por la fe, y esta, es un don de Dios otorgado a cada persona para ser guiados en el camino de la vida, sobre todo en los momentos de gran dificultad. La fe, es capaz de traspasar las barreras étnicas, culturales y hasta religiosas; con tal de hallar el favor de Dios que no puede ser otro, que la salvación de los hombres, sin importar si son judíos, o cristianos, o paganos.

Justamente, esto es lo que nos quiere transmitir san Lucas, con el pasaje de los diez leprosos que hemos escuchado. Al final del relato, se dice que de los diez que padecían aquella enfermedad, sólo uno vuelve con Jesús, para expresar su gratitud y fe (Lc 17, 15). Este, que viene a Jesús, casualmente no es judío, sino un extranjero, se trata de un samaritano. Igual que Naamán, que no era judío, sino de Siria.

Pero, ¿por qué razón los autores sagrados exaltan estos datos? Precisamente porque quieren revelarnos, más allá del origen de ambos hombres; la trascendencia de la fe. Cuando hay fe verdadera, existe también la gratitud genuina y la alabanza de parte de los hombres débiles a Dios. Porque la ingratitud y el olvido hacia Dios, evidencian en nosotros una fe inmadura, frágil y hasta grosera, que puede llevarnos a olvidar que el Corazón divino es también sensible a la gratitud o ingratitud de los hombres.

Comentaba san Agustín: “No pierdas la esperanza. Si estás enfermo, acércate a él [a Cristo] y recibe la curación. Los que están sanos, denle gracias y los que están enfermos, corran a él para que los sane… que nadie sea leproso. La doctrina inconstante, que cambia de color, simboliza la lepra [y también la] de la mente. Igualmente ésta, la limpia el Señor.

Quizá pensaste distintamente en algún punto, reflexionaste y cambiaste… y de este modo, lo que era variado, pasó a ser de un único color. [Pero] no te lo atribuyas, no sea que te encuentres entre los nueve que no le dieron gracias. Sólo uno se mostró agradecido; los restantes, eran judíos; él [el que regresó], extranjero y simbolizaba a los pueblos extraños.

[Al Señor] le debemos la existencia, la vida y la inteligencia; a él, le debemos el ser, el haber vivido bien y el haber entendido con rectitud”. Por ello, miremos la riqueza de este pasaje lucano, al cual su autor no le importó ahondar en el milagro, porque este es claro: por voluntad divina y por magnanimidad de nuestro Señor, aquellos quedaron curados, pero lo que sí es importante, tanto para el evangelista, como para Jesús; es que a propósito de la fe, surja la gratitud. Lao Tse, filósofo chino, decía: “el agradecimiento es la memoria del corazón”.

En resumen, como el agradecimiento de Naamán y de ese samaritano; la acción de gracias que ahora nosotros realizamos en esta celebración eucarística, se ha de prolongar a toda nuestra vida. Por la vida. Por la salud. Por la familia. Por todos los dones. En gratitud permanente hemos de vivir la fe y transmitirla por todos los medios que estén a nuestro alcance. Recordemos, agradecidos, siempre.

Domingo de XXVIII - Ciclo C