Pbro. Lic. Marcos Rodríguez Hernández

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Lo que recibes en esta y en la otra vida

Entre la parábola del domingo pasado y la que escuchamos hoy, se encuentra la siguiente afirmación: Los fariseos, que amaban el dinero, oyeron decir eso y se burlaban de Jesús. (Lc, 16, 14) esto se contrapone a la enseñanza de la parábola del mal administrador: con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que los reciban en el cielo. (Lc, 16, 9).

En efecto, el amor que tenemos a las cosas que nos rodean, es donde centramos nuestras fuerzas, si es en la familia, nuestros esfuerzos estarán centrados en ella, si es el dinero, de igual forma. Podríamos decir que nos volvemos un poco egoístas, pues no miramos lo demás, sino aquello que nos importa verdaderamente. Así también podríamos decir que dependerá de nuestra mirada, el resultado de nuestros actos.

La parábola de este domingo nos invita a mirar dos estados de la vida que siempre están presentes: por un lado, el rico, que se considera poderoso, feliz, realizado en su vida, que banquetea todo el día y se viste de ricos vestidos. Su centro es la vida resuelta que no le permite ver a su alrededor. Por otro lado, Lázaro, que está en la entrada de la casa, pero que pasa inadvertido, pues no entra en el radar del rico. Son los perros quienes ayudan a aliviar el padecimiento del pobre, que seguramente ve la escena grotesca de los banquetes del rico.

La vida la podemos mirar desde estas dos perspectivas; nos podemos sentir realizados, con la vida resuelta, pero sin mirar a los demás, pensando que otros se deben ocupar, que a nosotros no se nos pide nada. O podemos estar también en la precariedad, pensando que todo se nos debe resolver, que la vida es injusta, y que Dios nos ha abandonado; esto también es una forma de egoísmo.

En el momento en que seamos llamados por Dios, es donde encontraremos nuestro verdadero lugar. Ahí conoceremos lo que Lucas ha descrito en los últimos capítulos de su evangelio: un Dios misericordioso, que ama a sus hijos, vivos y muertos, que mira por ellos, porque se tiene a Moisés y a sus profetas, es decir, su palabra, y también un Dios justo, porque da su sentencia no según su parecer, sino según las obras de los que se presentan.

Solo así podemos comprender la parábola del rico y del pobre; uno y otro se deben mirar, ocupar y promoverse, para que los dos encuentren la salvación. Muchas aplicaciones se pueden dar a partir de aquí, pensando que el pobre es ejemplo y el rico anti-ejemplo; que el pobre siempre es llamado de atención, etc.

Sin embargo, me parece importante más bien poner la mirada en el egoísmo, que es lo que lleva al hombre a no mirar a su alrededor y cerrarse en su mundo esperando una respuesta que él mismo debe generar.

Aquí cabe la recomendación que Pablo le hace a Timoteo: Tú, como hombre de Dios, lleva una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (Tim 6,11) Esas son las herramientas que necesitamos, como también dice san Pablo, para dar el combate de la fe, que nos permita alcanzar los dones que nos ofrece la redención traída por Jesucristo.

En el camino del discipulado, como conclusión, no cabe el egoísmo, sino la misericordia y la mansedumbre. Que el Señor nos lo conceda este domingo y lo podamos vivir toda nuestra vida.