Pbro. Dr. Manuel Valeriano Antonio

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Hace algún tiempo, seguramente con base en algún pensador contemporáneo, un sacerdote decía: "cuida lo que piensas, porque mucho de lo que piensas después vuelven palabras; cuida tus palabras, porque muchas de tus palabras se vuelven acciones; cuida lo que haces, porque mucho de lo que haces se vuelven hábitos; cuida tus hábitos, porque muchos hábitos se vuelven costumbres; cuida tus costumbres porque ellas estructuran tu vida".

En el núcleo de lo que escuché hace ya varios años está la relación íntima entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Dicha relación se coloca, de manera natural, como base del texto evangélico de hoy. En efecto, la pregunta ¿quién es un verdadero y genuino creyente? es el es el horizonte desde el cual debemos entender la parábola de los dos hijos.

Dos enseñanzas buscamos apuntar:

1.- Señalan los sabios que nuestras sociedades experimentan una especie de letargo que no les permite realizarse de manera completa, por no decir plena. Parece que hay una disociación entre la esperanza de una vida buena, las oportunidades para alcanzarla y el ánimo para realizarla. Hemos aprendido a sobrevivir y a ejecutar, en lo concreto, las cosas a medias. Nuestra empatía, nuestra sintonía, nuestra solidaridad, nuestra obediencia, nuestra preocupación respecto a los diversos problemas de la vida puede ser aparente. En otras palabras, nuestro optimista por el ser humano, se ve rápidamente lastimado por nuestro no y, a veces absoluto, de la vida concreta.

2.- Lo que hemos señalado en el ámbito social, tiene implicaciones fundamentales en nuestra vida de fe. Nos percatamos cómo nuestra vida religiosa se convierte en un escenario donde todo es válido y posible. Formalmente no le decimos a Dios que no, pero llama la atención de creyentes y no creyentes, una piedad alimentada por la violencia o el vicio. Hoy, por ejemplo, con una dosis de tranquilidad y hasta con un cierto cinismo casamos fe y alcoholismo. Bastaría observar algunas peregrinaciones a santuarios para corroborar lo antes apuntado. Nuestro amado Papa Benedicto XVI, nos recuerda que en la Primera Carta a los Tesalonicenses, San Pablo le dice a los maridos que la relación con sus esposas debe caracterizarse por una santa reverencia y no dominados por la pasión como hacen los gentiles que no conocen a Dios.

El autor sagrado desea subrayar que el cambio que se produce al entrar Dios en el contexto de una vida llega hasta lo más íntimo y personal de las relaciones humanas y que el desconocimiento de Dios, continua Benedicto XVI, se expresa, en concreto, en una falta de reverencia y respeto del hombre al hombre.

La parábola de este domingo nos advierte del peligro real de participar, con aparente piedad, de las celebraciones litúrgicas y de las diversas actividades de la Iglesia, sin convertirnos en verdaderamente cristianos. Un sabio de hace siglos señalaba que el pecado más grande del ser humano es jugar a ser cristiano, es decir, custodiar en el corazón un no rotundo a Dios y al hombre.