Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Hermanos: El evangelio de este domingo, nos presenta una de las parábolas más desconcertantes de Jesús: la del administrador infiel que, al verse descubierto, utiliza su astucia para asegurarse un futuro. A primera vista, parece que Jesús alaba la trampa o la deshonestidad, pero en realidad quiere enseñarnos algo mucho más profundo sobre la vida cristiana.

El administrador es acusado de malgastar los bienes de su señor. Al verse en peligro de perderlo todo, piensa rápido y busca ganarse la amistad de los deudores para que lo reciban después. Jesús no aprueba su corrupción, sino su astucia y previsión. Por eso, para reflexionar la Palabra de Dios de este domingo, les propongo tres ideas que nos ayudarán a fortalecer la gracia de ser astutos en el amor, previsores en la fe y fieles en lo poco, para que un día se nos confíe lo mucho: la vida eterna.

Los hijos de la luz

“Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). Con esta frase, Jesús nos confronta. Los que viven solo para lo material suelen ser más hábiles, rápidos y creativos para alcanzar sus objetivos, que los creyentes para vivir y anunciar su fe.

Los hijos de la luz somos aquellos que seguimos a Cristo, quien es luz del mundo (Jn 8,12). Hemos recibido la fe como un don, pero muchas veces la vivimos con tibieza o sin entusiasmo. Mientras tanto, los que buscan solo intereses materiales ponen toda su energía en lograr sus metas. Jesús no nos invita a imitar la corrupción de los hijos de este mundo, sino su determinación y creatividad, pero aplicadas al Reino de Dios.

Ser hijo de la luz, significa, caminar en la verdad, vivir con coherencia, sin doble vida. Ser portadores de esperanza en un mundo lleno de oscuridad; irradiar alegría, paz y fe. Usar con inteligencia los bienes; lo material debe estar al servicio del amor, nunca por encima de él. Vivir con horizonte eterno; no quedarnos solo en lo pasajero, sino orientar todo hacia Dios. El reto es no quedarse atrás, sino que poner la misma pasión que otros ponen en las cosas del mundo, pero al servicio de lo eterno. San Pablo nos lo recuerda: “Antes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz” (Ef 5,8).

El uso de los bienes materiales

“Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 9). Con estas palabras, el Señor nos recuerda que los bienes materiales no son un fin en sí mismos, sino un medio. No nos llevaremos nada al final de la vida; lo único que permanece es el amor y la solidaridad que hemos practicado.

El dinero y las posesiones son injustos porque son limitados, corruptibles, y muchas veces causa de desigualdad. Sin embargo, Jesús nos invita a transformarlos en instrumentos de bien: compartirlos con los pobres, usarlos para obras de justicia o ponerlos al servicio del prójimo. Lo que damos con amor se convierte en tesoro eterno.

Jesús insiste: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel” Lo que tenemos aquí es pequeño en comparación con lo que Dios quiere confiarnos en la eternidad. La manera en que administramos nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestro dinero es una prueba de nuestra fidelidad. Lo que poseemos aquí es ajeno, porque pertenece a Dios; nosotros solo somos administradores. Lo que realmente nos pertenece es la vida eterna.

Dios o el dinero (Lc 16, 13).

“Ningún siervo puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). No dice es difícil, dice “no pueden”. Esto nos coloca frente a una decisión de fondo: ¿a quién pertenece mi corazón? Porque el dinero en sí no es malo; lo necesitamos para vivir, trabajar y sostenernos. El problema es cuando se convierte en ídolo, es decir, cuando ocupa el lugar que solo le corresponde a Dios. El dinero promete seguridad, poder y éxito, pero en realidad es frágil y pasajero.

Dios no nos esclaviza; nos libera. Servir a Dios significa vivir en la confianza de que todo lo que tenemos viene de Él y debe orientarse al bien. Cuando Dios es nuestro Señor, el dinero pasa a ser un instrumento, nunca un fin. Por eso, en este texto del evangelio, Jesús advierte que el corazón humano no puede dividirse. Si el dinero domina nuestra vida, nuestras decisiones se orientan al egoísmo, la ambición y la injusticia. Si Dios es el centro, el dinero se transforma en oportunidad de amar, compartir y construir el Reino.

Hermanos, ¿no es verdad que a veces dedicamos más inteligencia, creatividad y esfuerzo a las cosas materiales que a las espirituales? Para ganar dinero, para hacer negocios o para resolver problemas cotidianos, ponemos toda nuestra energía. Pero cuando se trata de nuestra vida eterna, de servir a Dios y a los hermanos, muchas veces nos dejamos llevar por la mediocridad. Solo Dios puede ser nuestro Señor. El dinero pasa, pero Dios permanece.

Que este evangelio nos ayude a revisar nuestras prioridades. Seamos buenos administradores de lo que Dios nos confía: de nuestro tiempo, de nuestra fe, de nuestros talentos, de nuestra familia, de la creación. Vivamos con inteligencia, pero no para acumular, sino para compartir.

Domingo XXV - Ciclo C