Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Queridos hermanos, este domingo celebramos con la Iglesia el DOMUND y el Evangelio de Lucas 18, 1-8 nos presenta una enseñanza decisiva sobre la perseverancia en la oración: la parábola de la viuda insistente y el juez que no temía a Dios. Jesús invita a sus discípulos “a orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1), estableciendo la oración como el pulso vital de la fe.

En el contexto del Día Mundial de las Misiones, esta parábola adquiere un relieve singular: la misión de la Iglesia nace y se sostiene en la oración perseverante, en la confianza inquebrantable en el Dios que escucha el clamor de su pueblo y actúa con justicia. El anuncio del Evangelio, sobre todo en contextos difíciles o indiferentes, requiere una fe que no se agote ante el silencio de Dios ni ante la aparente esterilidad del esfuerzo.

La misión es, en esencia, un acto de esperanza. Quien ora sin desfallecer, como la viuda del Evangelio, no se rinde ante la injusticia ni ante el desánimo; su perseverancia se convierte en testimonio vivo de la presencia del Reino. La figura de la viuda es clave en la espiritualidad de los textos de San Lucas. En la Biblia, la viuda representa a los pobres de Yahvé: aquellos que carecen de poder y de protección humana, pero cuya fuerza está en la confianza en Dios. Frente a ella, el juez perverso se manifiesta la indiferencia de un sistema injusto que ni teme a Dios ni respeta a los hombres.

La insistencia de la viuda es símbolo de la fe que no se resigna. Su súplica: “hazme justicia”, no es un pedido egoísta, sino un grito por la verdad y por la dignidad. En su voz se escuchan los clamores de los pobres y perseguidos que esperan salvación. En la tradición misionera, la viuda es imagen de la Iglesia que, débil y sin poder mundano, sigue levantando su voz en oración por el mundo entero. Su perseverancia es anuncio y profecía.

En el contexto misionero, la oración no es evasión, sino el alma de la misión bautismal. Sin oración, la acción misionera se vuelve activismo vacío; sin misión, la oración corre el riesgo de volverse intimismo estéril. En Lucas 18, Jesús enseña que la fe se fortalece orando, y la misión se sostiene en esa fe perseverante.

El Día Mundial de las Misiones nos recuerda que toda obra evangelizadora comienza en el silencio orante del creyente. Allí, en la intimidad con Dios, el discípulo descubre su vocación misionera y recibe la fuerza para perseverar. Como la viuda de la parábola, el misionero clama sin cesar ante el Juez justo. Su insistencia no nace del miedo, sino de la fe en la fidelidad divina.

La parábola plantea un tema teológico profundo: la aparente demora de la justicia de Dios. Jesús promete que Dios “hará justicia sin tardar”, pero la experiencia humana parece mostrar lo contrario. En muchas tierras de misión, la injusticia, la pobreza, la violencia y la indiferencia religiosa parecen contradecir la esperanza del Evangelio.

Sin embargo, el silencio de Dios no significa ausencia, sino pedagogía. Dios educa la fe del misionero en la paciencia. La oración perseverante purifica la intención, hace que la misión deje de ser una empresa humana para convertirse en colaboración con la acción divina. La fe que sostiene al misionero no es la que exige resultados inmediatos, sino la que espera con confianza el tiempo de Dios.

La parábola de Lucas no se dirige a individuos aislados, sino a una comunidad de discípulos. La Iglesia entera está llamada a “orar siempre y no desfallecer”. La oración misionera tiene una dimensión eclesial: es la oración de todo el pueblo de Dios por la conversión del mundo, por los evangelizadores y por los que aún no han escuchado la Buena Nueva.

El Domingo Mundial de las Misiones invita a renovar esta conciencia comunitaria. Cada parroquia, cada comunidad, cada familia puede convertirse en un espacio de intercesión por la misión universal. Así, la oración se transforma en comunión con los misioneros que, en los lugares más lejanos o difíciles, viven la esperanza del Reino en medio de la pobreza o la persecución. La parábola culmina con una pregunta inquietante: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” Esta frase encierra una tensión escatológica y misionera. No basta orar mucho; hay que mantener una fe que resista el desgaste del tiempo y las pruebas de la historia. Esta pregunta se transforma en un examen de conciencia para la Iglesia. Extendamos la pregunta anterior a las siguientes: ¿seguimos creyendo que la oración transforma el mundo? ¿Confiamos verdaderamente en la fuerza del Evangelio?

¿Somos perseverantes en el anuncio, incluso cuando los frutos parecen lejanos? La Palabra de Dios, en este domingo nos ofrece una síntesis magistral de la espiritualidad misionera: orar, perseverar y esperar. La oración perseverante es el motor oculto de toda evangelización. La fe constante es la luz que guía al misionero en la noche del mundo. La esperanza firme es la que anuncia que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.

La viuda del Evangelio es el rostro orante de la Iglesia misionera (humilde, insistente y confiada). Su clamor se une al de millones de creyentes que, desde los confines del mundo, oran para que el Evangelio llegue a todos. Su voz recuerda a la humanidad que Dios no es indiferente, que su justicia no tarda, y que su amor sigue actuando en quienes, sin desfallecer, oran y anuncian.

Que este Día Mundial de las Misiones, renueve en la Iglesia la fe perseverante que ora, la esperanza que sostiene y la caridad que impulsa. Porque solo una Iglesia que ora sin cesar puede ser verdaderamente misionera.

Domingo XXIX - Ciclo C