Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México
Comentario al Evangelio
«Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores» (Sal 144). Nuestros labios se abren en este domingo para proclamar junto con el salmista –y con toda la Iglesia-, lo compasivo y misericordioso que es el Señor con sus hijos.
El panorama que se desvela en la liturgia de la Palabra de hoy, es la generosidad, la bondad, y la oportuna atención que el Señor demuestra hacia los hombres. Su grandeza es tan admirable y asombrosa, que basta con que él pronuncie su Palabra, y todo queda recreado, todo florece, todo se sacia. La bondad divina que se desborda de su magnífico ser, alcanza para que toda miseria sea transformada, toda flaqueza se robustezca y toda necesidad quede colmada, porque Dios es bueno, es atento, más aun, está atento a todos.
La generosidad, es una de las características más notables del Señor, tanto, que hasta podríamos decir. que ella es su nombre. Nombre que se manifiesta perfectamente en la persona de su Hijo Jesucristo, quien hace: visible la caridad divina, cercana la presencia de Dios en la vida de los hombres y notoria la compasión que ellos producen en él; para que quienes confían en su Nombre, no sufran ni se atormenten más. Pues, Dios que desde siempre nos ha amado (Rm 8,37) está dispuesto a obrar de manera portentosa, de tal forma que, sus fieles no se aflijan, ni se preocupen por otra cosa, que por escuchar su palabra y ponerla en práctica.
El Señor sabe de las necesidades por las que todos pasamos y por eso, actúa. De hecho, así lo podemos constatar en el pasaje de Isaías y en el evangelio de san Mateo. En el caso del profeta, él mismo anuncia al pueblo el mensaje que Dios les envía: «Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar» (Is 55,1).
Con esto, podemos comprobar que Dios nos ayuda, no cierra sus ojos a nuestros sufrimientos, ni tampoco es indiferente a nuestros clamores, al contrario, él mismo se inmiscuye en nuestra penosa realidad. Si revisamos con detenimiento el evangelio; podremos descubrir que es Dios mismo, quien en Cristo hace presente su acción providente.
Escuchamos en el texto de san Mateo, que luego de desembarcar, y después de haberse encontrado con aquellos que lo necesitaban para curar sus padecimientos, observando que ya era tarde, -casi a punto de caer la noche-, y que seguramente tenían hambre; Jesús dice a sus discípulos: «denles ustedes de comer» (Mt 14, 13-16). Esto surge, a propósito de que sus seguidores le sugieren que despida a la multitud para que encuentren hospedaje y puedan comer algo, sin embargo, Cristo tiene otro plan, desea hacer algo por ellos. Por eso pide que le traigan los cinco panes y los dos pescados, que los mismos discípulos tenían; y pronunciando la bendición, comenzó la distribución de estos, de tal manera que todos comieron hasta quedar satisfechos, hasta hartarse (Mt 14, 18-20).
Este milagro, más que llevarnos a meditar el hecho maravilloso e inigualable de que Cristo multiplicó los panes, nos mueve a pensar que esta acción sigue dándose continuamente en el sacramento de la Eucaristía. Es decir, este milagro no ha sido una vez y ya, sino una vez y nuevamente, porque los gestos y la intencionalidad son las mismas: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se lo dieron a la gente» (Mt 14, 19).
Y es que, la novedad de la intervención de Dios en la vida de los hombres, está en compartir siempre su presencia, su tiempo, su amor y sus dones con nosotros. En el caso de la multiplicación de los panes, el núcleo de la acción de Jesucristo es compartir fraternalmente lo que se tiene, que confiado al poder divino, no solo alcanza para todos, sino que hasta sobra. De este modo, Jesús instruye a sus discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan, y así, se vayan preparando para la futura misión, donde deberán llevar a todos el alimento de la Palabra y el de la Eucaristía.
Como podemos ver, en la acción del Hijo se asoma el amor y la generosidad del Padre y del Espíritu Santo, que nos animan a no sentirmos ni abandonados, ni olvidados, ni mucho menos no amados. Jesús al bajar de la barca –dice el evangelio- , y también al bajar del cielo, se ocupa de los padecimientos detodos, para que cargando con nuestros dolores y sufrimientos, los transforme en dones que no sólo satisfacen nuestro cuerpo, sino también nuestro espíritu.
Por tanto, cómo no alabar a Dios que con su augusta generosidad nos sacia de bienes. Cómo no adherirnos a la voz del salmista que dice: «Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan, muy cerca está el Señor de quien lo invoca» (Sal 144, 17-18). Que nuestros labios siempre invoquen al Señor, para que nos sacie de sus bienes y nos haga participes de la vida que no tiene ocaso y así nosotros, inspirados en su amor imitemos de él su bondad y generosidad, teniendo en cuanta que esta es la llave de la felicidad y que como dice Isabel de Allende, gran escritora chilena de nuestros tiempos: “la felicidad que se vive deriva del amor que generosamente se da”.
“Deus caritas est”.