Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio de san Mateo dedica el capítulo 13 al llamado “discurso parabólico”, donde Jesús revela progresivamente el misterio del Reino de Dios. Después de la parábola del sembrador, aparece la del trigo y la cizaña, exclusiva del evangelista Mateo, seguida de las parábolas del grano de mostaza y de la levadura.

Esta enseñanza responde a una pregunta que inquietaba tanto a los primeros cristianos como a los creyentes de todos los tiempos: ¿Por qué, si Cristo ya ha venido, continúa existiendo el mal? Sin embargo, la respuesta de Jesús no es filosófica sino profundamente teológica: el Reino ya está presente, pero todavía no ha alcanzado su plenitud.

Pongamos en primer lugar, el contexto campesino de la parábola. Mientras todos dormían, un enemigo sembró cizaña, una planta muy semejante al trigo durante su crecimiento. Solo cuando ambas producen espigas es posible distinguirlas. Arrancar la cizaña antes de tiempo implicaba arrancar también el trigo debido a que sus raíces se entrelazaban. La enseñanza parte de una realidad agrícola para iluminar una verdad espiritual: el bien y el mal conviven hasta el tiempo de la cosecha.

Jesús explica personalmente la parábola: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre”. Cristo aparece como el verdadero agricultor de la historia. Desde la creación, Dios ha sembrado únicamente el bien. La humanidad fue creada, a imagen de Dios (Gn 1,26), llamada a la santidad y destinada a producir fruto abundante. Por consecuencia, el mal nunca procede de Dios. Esta afirmación resulta fundamental frente a toda visión dualista que atribuye a Dios el origen del pecado.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral” (CEC 311). Sin embargo, el enemigo es una realidad personal y Jesús identifica claramente al enemigo: “El enemigo que la sembró es el diablo”. No habla del mal como una fuerza abstracta, más bien, el Evangelio presenta al demonio como un ser personal que busca destruir la obra de Dios. Su estrategia resulta significativa, porque no es que el demonio esté creando algo nuevo, simplemente falsifica lo auténtico.

Así sucede también en la vida espiritual, la mentira imita la verdad, la soberbia imita la grandeza, el placer desordenado imita la felicidad y la idolatría imita la adoración. Toda tentación consiste en una deformación del bien.

Ahora bien, meditemos uno de los aspectos más conmovedores de la parábola del trigo y la cizaña; la paciencia de Dios frente al pecado humano. Cuando los siervos preguntan al dueño del campo si deben arrancar inmediatamente la cizaña, la respuesta sorprende por su aparente tranquilidad: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquen también el trigo. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha” (Mt 13,29-30). Detrás de esta decisión no hay indiferencia hacia el mal ni tolerancia al pecado, sino la expresión más profunda de la misericordia divina. Dios no precipita el juicio porque desea ofrecer al pecador el tiempo necesario para su conversión.

Desde la perspectiva bíblica, la paciencia de Dios es un atributo inseparable de su amor. En el Antiguo Testamento, el Señor se revela a Moisés como “Dios compasivo y misericordioso, lento para la ira y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). La expresión “lento para la ira” aparece repetidamente en la Escritura para describir a un Dios que no responde al pecado con una condena inmediata, sino que abre continuamente caminos de reconciliación. La historia de Israel puede leerse precisamente como la historia de esta paciencia divina: a pesar de las constantes infidelidades del pueblo, Dios renueva una y otra vez su alianza, enviando profetas para llamar a la conversión antes que al castigo.

En el Nuevo Testamento esta paciencia alcanza su máxima expresión en Jesucristo. La Encarnación constituye el gesto definitivo de un Dios que no abandona a la humanidad en su pecado, sino que entra en la historia para rescatarla desde dentro. Jesús no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo (cf. Jn 3,17). Su trato con los publicanos, los pecadores, la mujer adúltera o Zaqueo manifiesta que la misericordia precede siempre al juicio. Cristo no minimiza el pecado, pero ofrece a cada persona la posibilidad de comenzar de nuevo. La paciencia divina, por tanto, no significa permisividad, sino esperanza en la capacidad del ser humano para dejarse transformar por la gracia.

San Agustín afirma que Dios soporta con paciencia a los pecadores porque conoce aquello en lo que pueden llegar a convertirse mediante la acción de la gracia. En uno de sus sermones comenta que muchos que hoy parecen cizaña mañana podrán convertirse en trigo fecundo. Por ello, el juicio definitivo pertenece únicamente a Dios, quien conoce las disposiciones más profundas del corazón humano y puede obrar conversiones inesperadas incluso en los últimos momentos de la vida.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta enseñanza al afirmar que Dios permite el mal porque, en su providencia, es capaz de sacar de él un bien mayor (cf. CEC 309-314). La existencia de la cizaña en el campo no significa que Dios haya perdido el control de la historia. Más bien revela que la historia de la salvación es un proceso en el que la libertad humana y la gracia divina interactúan constantemente. La paciencia de Dios respeta profundamente la libertad del hombre, pues la conversión auténtica nunca puede ser impuesta; debe ser una respuesta libre al amor de Dios.

No obstante, esta paciencia no debe interpretarse como una invitación a posponer indefinidamente la conversión. La misericordia de Dios tiene un horizonte escatológico: llegará el momento de la cosecha. La oportunidad de convertirse pertenece al tiempo presente. Cada instante de la vida constituye una invitación a responder al amor de Dios antes del juicio definitivo. Como recordaba san Pablo: “Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación” (2 Co 6,2).

"El trigo y la cizaña"