Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México
Comentario al Evangelio
En una homilía atribuida a san Atanasio, se encuentra esta frase muy significativa: “Al hombre le toca sembrar; a Dios, dar el crecimiento”.
La página del evangelio de este domingo, nos sitúa en la famosa parábola del sembrador y la semilla (Mt 13, 1-23). Ese hombre, que va por el camino esparciendo su semilla por doquier, con la esperanza que a su debido tiempo germine, crezca y dé el fruto deseado; evoca al mismo Cristo y la misión recibida del Padre Celestial: anunciar la buena nueva de la salvación al mundo. Sin embargo, la semilla que el hombre del evangelio esparce; cae por diversos planos y como bien sabemos, mucho depende no de la semilla, sino del terreno en donde es puesta; porque se sobreentiende que la semilla es buena, más en muchas ocasiones, la tierra no es adecuada para esta. Así san Mateo, aprovecha el momento para explicar a detalle la diferencia y lo que sucede en los diversos lados donde cae la semilla.
El camino. Al decir que algunas semillas cayeron a la vera del camino, recuerda que no basta oír el mensaje del Señor y ya. Si este no permea el corazón y nosotros no nos dejamos cuestionar por sus enseñanzas, aun cuando reconozcamos que la naturaleza de la buena noticia es plausible; no habrá incidencia en nuestra vida. De nada sirve solo oír, asistir o hasta aprender; si no se deja moldear el alma por lo recibido, ya sea la Palabra misma, los sacramentos o cualquier otra enseñanza que tenga que ver con la piedad, porque cuando todo esto no se profundiza, no se aprovecha, ni se practica; se pierde. Vienen los problemas u otras personas con no buenas intenciones y nos arrebatan lo obtenido.
En el terreno pedregoso, por consiguiente, pasa lo mismo. Cuando la semilla cae en este plano fácilmente se seca. A diferencia que en la vera del camino, aquí puede echar raíz y no ser robada, pero por el grosor del terreno, se seca. Y no por impotencia de la simiente, sino por causa de la tierra, pues mientras la semilla está llena de vitalidad, la tierra es estéril por falta de profundidad. Cuando la tierra no mantiene la suficiente humedad, los rayos solares penetran con más fuerza la tierra y secan la simiente, no por defecto de la semilla, sino por culpa del suelo. Por eso, el terreno pedregoso –lo explica el mismo Jesús- refiere a la inconstancia de los hombres y apenas llega un viento borrascoso, llamado problema, sucumbe.
La inconstancia e inestabilidad, hacen que lo recibido de Dios en nuestro corazón no tenga impacto en nuestra vida y se acabe.
El terreno espinoso. Si la semilla cae en tierra repleta de zarzas (espinas), la vitalidad de la simiente queda ahogada por las espinas de las zarzas que no dejan que la energía de la semilla se desarrolle, debido a una condicionante exterior. Lo mismo pasa cuando se ponderan los bienes y las riquezas de este mundo sobre la Palabra de Dios. En consecuencia, ¿qué sucede? La enseñanza del Señor no crece en nuestro corazón, porque hay una mayor inclinación a las cosas del mundo, que a las cosas de Dios. Y por ende, lo sembrado termina sofocándose. Pensemos, ¿cuántas veces hemos preferido nuestros propios proyectos a los del Señor que son seguros y saludables para nuestra salvación? ¿En cuántas ocasiones decimos comprometernos más con nuestra fe, pero nos gana más el gusto por el dinero, la moda, las ideologías actuales o por los placeres; y aquella fe se apaga, se seca, se va? Estas son las espinas, lo condicionalmente exterior que asfixia lo puesto en nuestro interior.
La tierra buena. En el momento de que la semilla cae en terreno adecuado, ¿no la misma cantidad de fruto? Pero, en realidad no sucede así. Pues aun cuando la semiente cayó en tierra fecunda y sea la misma, el fruto varía. Dice el texto evangélico: unas veces resulta que la semilla da el treinta, el sesenta o el ciento por uno de su fruto (Mt 13, 23). La semilla es la misma y los frutos diversos, como diversos son los resultados espirituales en los que reciben este mensaje de salvación. Y no es que la semilla esté defectuosa, sino que al ser puesta en corazones diferentes, cada uno produce según su capacidad y eso no nos hace ni más buenos o menos buenos, sino que cada uno da lo que puede, lo que asimila y lo que ama. Porque si bien es cierto, la semilla es de Dios, el terreno es nuestro. Nuestra vida. Nuestra historia. Nuestra persona. Y aunque a nosotros nos competa sembrar, al Señor le toca dar crecimiento. Por lo que el fruto no depende de Dios sino de cada corazón.
Finalmente, a través de esta celebración eucarística, donde estamos siendo alimentados por la semilla de la Palabra y también del cuerpo y la sangre de Cristo; pidámosle a él mismo que nos ayude a mantener su semilla dentro de nosotros, que seamos un corazón fecundo, donde cada uno demos el fruto de santidad esperado, para alcanzar con él, la gloriosa bienaventuranza, por los siglos de los siglos. Amén.
“Deus caritas est”.