Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México
Comentario al Evangelio
Ante el cansancio, la miseria y la necesidad de los hombres, Dios se hace presente. Nos muestra su ternura y compasión. Sus atenciones finas, delicadas y siempre oportunas; conducen a quienes las reconocen, a una experiencia suprasensible, totalmente espiritual, donde el alma ubica, cuál es su verdadero tesoro y su único alimento.
En la situación del profeta Elías, comprobamos lo tierno, lo cercano y lo paciente que es el Señor con la humanidad. De hecho, la primera lectura de este domingo (1 Re 19,4-8), nos deja asomarnos al sentimiento que acechaba el espíritu del profeta. El mismo que nos llega, sobre todo, cuando el desafío que está frente a nosotros es grande, o el problema por el cual atravesamos, pareciera ser más denso que nuestras capacidades; la resignación al fracaso, y la súplica de interrumpir la misión encomendada, frecuentemente se encuentran muy latentes.
Elías, luego de tanto caminar por el desierto, huyendo de sus adversarios, se fatiga y se dirige a Dios, diciendo: « ¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres! » (1 Re 19, 4). Indudablemente, en el abatimiento del profeta se oculta el hambre, la sed, y el desgaste que ha provocado su peregrinaje. Elías necesita ayuda, requiere reposo, le falta la fuerza y el alimento de Dios. La lengua se le pegaba al paladar de tanta sed y de tanto esfuerzo, seguramente su ánimo estaba más seco que una teja. Y ante todo esto, ¿qué encuentra? Una retama, donde descansar (1 Re 19,5). Por lo que se puso a dormir, como esperando el desenlace fatal, como entregándose a la frustración. Pero Dios, no permite que el profeta se resigne al fracaso, ni que la desolación y la desesperación, rasguen más el corazón humano. ¿Qué sucedió, pues? Un ángel bajó, lo tocó y lo despertó.
En la lengua hebrea, para aludir al término ángel, se emplea el término: “malakhim”, cuya traducción literal es: “hombre de Dios, ser de Dios”. De igual manera sucede con la palabra profeta. En las Sagradas Escrituras, el profeta es concebido también como: “hombre de Dios”. Entonces, resulta muy curioso, como el “malakhim”, hombre de Dios celestial, el ángel; baja y despierta al profeta, hombre de Dios terrenal, así, el autor sagrado nos dispone a vislumbrar que, el cielo y la tierra están unidos. Dios y los hombres se hallan en estrecha y continúa relación, porque la indolencia en el Señor no cabe, simplemente no se entiende. Al tocar y despertar el ángel a Elías, se reproduce el gesto más genuino del Creador, el cual llama a sus hijos del sueño desconsolador, a mirar y percibir las bondades de su amor. En el caso del profeta Elías, ofrecerle provisión de agua y pan, recursos indispensables que coadyuvan a la reparación de sus fuerzas, pero no sólo eso, sino también que identifique que la compasión del Señor, es capaz de revitalizar tanto el cuerpo, como el espíritu. Elías –dice el pasaje de la primera lectura-, comió lo que el hombre de Dios le puso a su alcance, y con la fuerza de aquel alimento, siguió su camino hacia el monte Horeb, lugar por excelencia de encuentro con el Altísimo.
La provisión celestial que Elías recibió, es el alimento de Dios. La fuerza fundamental de los hombres para continuar la vida, para no desplomarnos en el camino, ni tampoco para dispersarnos o distraernos en el cometido original que teníamos desde los primeros orígenes de la creación, ser útiles, ser grandes, ser perfectos, ser felices, ser santos. El pan y el agua que Elías tomó del hombre de Dios en aquel desierto, es el adelanto de lo que ahora nosotros recibimos domingo a domingo, el pan eucarístico, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Comida y bebida que en realidad, más allá de ser nutrimento espiritual, es un verdadero Don. Es la mayor gracia que el Padre Celestial puede dar a la humanidad. Con esto, podemos decir sin dificultad alguna, que el Hijo de Dios es nuestro.
Sí, nuestro Salvador y alimento. Nuestra fortaleza e impulso. Nuestro escudo y amparo. Jesús es tan nuestro, que de él vivimos, de él comemos, de él, toda nuestra vida pende. Por eso, con justa razón él afirma a los judíos y también a nosotros: «No es Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo » (Jn 6, 32) y Jesús, es ese pan del cielo que, al consumirlo, nos garantiza lo que ningún otro alimento nos puede dar, vida después de la muerte, alegría y gozo sin fin.
El pan de Cristo, por tanto, es el pasaporte para una vida renovada, rejuvenecida, totalmente nueva. Por esto, al acercarnos a comer este pan, se ha de hacer con reverente fe, porque esta, es la aceptación total del Señor en nuestros días, en nuestro ser. Sólo él, es: Gracia y Don, Maestro y Maná de vida sin ocaso, ya que con su doctrina y sus inspiraciones, continúa su tarea, cuya finalidad es llamarnos, invitarnos, iluminarnos, consolarnos, orientarnos, purificarnos para ser partícipes de una dimensión más elevada, para ser coherederos de la gloria, porque, cuanto más dóciles y enseñables seamos a este Pan bendito, más podremos caer en cuenta que nuestro vivir es Cristo y por ende, más nos asemejaríamos a su imagen y semejanza. Ojalá pues, que estos divinos misterios sean bien asimilados por nosotros, por nuestra fe a tal punto que, lleguemos a decir lo que santa Isabel de la Trinidad, una monja francesa de la orden carmelitana del Siglo XIX, decía: “Oh Verbo Eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote. Quiero ser enseñable, a fin de aprenderlo todo de ti”. Quiero vivir mi vida amándote saboreándote, degustando de tus dulces consuelos. Renueva, Señor mi vida, levántame de mis caídas, fortaléceme en mis debilidades y perdona mis pecados, ¡Oh majar del cielo, se por siempre mi alimento! Amén.