Pbro. Lic. Marcos Rodríguez Hernández
Diócesis de Xochimilco
Comentario al Evangelio
Ante las lecturas de este domingo, recuerdo ese clásico paso de nuestra niñez al aprender a usar la bicicleta. Primero usamos un triciclo, que tiene ruedas adicionales que nos dan estabilidad. Después vamos usando ya la bicicleta sin esas ruedas, que al principio nos sentimos inestables, pero poco a poco podemos sentirnos independientes y con las ganas de estar en la bici, libres, con velocidad, y sobre todo, disfrutando la experiencia.
Si sólo escuchamos el pasaje del día de hoy, obviamente nos parece que la propuesta de Jesús es una radicalidad, una condición casi irrealizable: renunciar a la familia, a nuestras seguridades, sin más, es una cuestión muy difícil. Igual para nosotros es una cosa que nos cuesta, o que no llegamos del todo a entender.
En el marco del llamado “discurso de la misión”, Jesús va armando también la experiencia del que quiera seguirlo:
1. Llamo a sus discípulos
2. Los constituyó apóstoles
3. Los envía a la experiencia de la misión, con la seguridad de que Dios estará con ellos.
Ahora es posible decir: ya estás listo, puedes renunciar a tu familia porque Dios es tu familia (quien también la cuidará); puedes tomar tu cruz de cada día (porque cada día tiene su propia preocupación) y él te sostendrá. Y la confirmación es la respuesta que te da Dios a través de una recompensa, aquí en la tierra, y al final en la eternidad.
El ejemplo lo tenemos en la primera lectura. Esta mujer sabe que la visita un hombre de Dios, sin esperarlo, sin pedirlo; lo menos que puede hacer es un signo de hospitalidad. Siguió sin pedir nada, pues su vida está hecha. El profeta, al ver este gesto de bondad, resuelve ayudar a esta mujer en algo extraordinario, la llegada de un hijo, a pesar de la edad avanzada de los esposos. Esa es la recompensa que no se sabe cuándo y cómo llegará, pero llega.
Muchas cosas estamos viviendo en estos días en nuestra realidad cotidiana; estamos en la recta final de un año escolar, vivimos una justa deportiva que nos ilusiona, nos enteramos de noticias de países vecinos que viven un sufrimiento indescriptible. Estos signos de los tiempos son invitaciones a que podamos también nosotros, desde nuestra cotidianidad, proclamar el evangelio de Cristo, donde se pueda y se quiera oír.
Que el Señor nos siga animando a querer evangelizar, en medio de nuestras realidades, con su fuerza, que nos ha otorgado en el bautismo, como nos enseña Pablo en la segunda lectura, que sea nuestra fortaleza para que sigamos siendo luz en nuestra ciudad.