Pbro. Rodrigo Misael Olvera

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

La pregunta de este domingo es: ¿A qué se parece el reino de Dios? Seguramente podríamos imaginar más de una respuesta. Tal vez, lo podemos comparar con diversos objetos o con experiencias personales. El evangelista Marcos, nos ha presentado en su relato de hoy dos parábolas, en donde Jesús nos muestra lo que significa el reino de Dios.

La primera figura que el evangelio nos presenta es la del sembrador que trabaja su campo y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece. La semilla representa la palabra sembrada en el campo de la humanidad y en el corazón de los hombres. Esta semilla sembrada, tiene el impulso y la vitalidad para que el reino de Dios sea una realidad. La semilla, ciertamente, crece de forma lenta, a veces anónima, porque una vez que se siembra tenemos que esperar a que dé fruto. Pero ahí, aunque oculta, está presente la semilla. Y como dice el texto del evangelio: pasan las noches y los días y sin que se sepa cómo, la semilla germina y crece; primero los tallos, luego las espigas y después los granos.

En esta primera parábola el sembrador hace su parte, acondicionando el terreno y colocando la semilla, pero el resto del proceso no depende de él. Por eso, como nos dice el versículo 27: “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece” (Mc 4, 27). Es decir, el sembrador hace lo normal, pues no interviene en el proceso que sigue la semilla. Pensemos, por ejemplo, en un sembrador que diariamente estuviera escarbando la tierra para ver cómo va el proceso de germinación de la semilla; dañaría todo y no cosecharía nada. El sembrador tiene que hacer lo que le toca y tiene que dejar el resto del trabajo a la propia semilla. Tiene que haber paciencia porque el proceso toma tiempo. Lo mismo la tierra, tiene que dejar que la semilla poco a poco se descomponga y germine. Tanto el sembrador como la tierra son indispensables. Sin la fuerza que lleva en sí la semilla, y sin el proceso que siguen naturalmente sin intervención del hombre, no habría cosecha.

Cosa semejante ocurre con el reino de Dios. El hombre tiene que hacer su parte, pero si no deja a Dios hacer su obra, si él quiere hacerlo todo, o si no tiene paciencia, no obtendrá resultados. La semilla es la palabra de Dios, el verbo hecho carne que se nos da por medio de la escritura y de los sacramentos. Por eso, nosotros tenemos que ser los sembradores y tenemos que ser también la tierra buena, que acoge la palabra y le permite llevar a cabo su proceso pacientemente, hasta que se logre la cosecha y podamos decir como San Pablo: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

A propósito de esto, el Papa Benedicto XVI, en el ángelus del 17 de junio del 2012, dijo: “Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que está a su alcance, pero el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles”. A este propósito recordamos las palabras de San Ignacio de Loyola: “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. De esta manera garantizamos que nuestra iniciativa de trabajar en los proyectos del reino, se ve recompensada y motivada por la mano providente de Dios.

La segunda idea que les comparto, es sobre la figura del grano de mostaza. Con este ejemplo Jesús nos enseña a confiar en la fuerza de la semilla, en el poder de Dios para producir un fruto más grande, incluso mucho mayor del que nadie podría sospechar de aquella insignificante semilla sembrada. De modo que, se trata de la dinámica del reino que el Señor ha explicado tantas veces: para ser grande en el reino hay que ser pequeño.

La virgen María, lo expresa en el Magníficat: “Porque ha mirado la humillación de su esclava” y a San Pablo, Dios le dice: “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,9). Esto nos invita a no subestimar los pequeños actos de bondad, fe y amor que realizamos diariamente. Aunque puedan parecer insignificantes, tienen la posibilidad de producir grandes frutos. Lo pequeño es lo que llega a ser verdaderamente grande, porque la pequeñez, la limitación, la debilidad, la carencia de medios, le permite a Dios manifestar dos cosas: su poder y su providencia.

A su vez, en esta parábola de la mostaza, podemos ver el contraste entre la espera del sembrador y el crecimiento irresistible de la semilla. En efecto, estamos acostumbrados a valorar casi exclusivamente los resultados en todo lo que hacemos. Hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, del trabajo interior y no solo de frutos inmediatos. Y para Jesús crecemos como personas cuando acogemos la vida que vamos recibiendo de Dios. De la misma manera, debemos tener paciencia y confiar en el crecimiento del Reino en nuestras vidas.

Nuestro trabajo, nuestras oraciones y nuestra dedicación no siempre mostrarán frutos inmediatos, pero en el tiempo de Dios, será evidente el crecimiento. Estamos invitados a reflexionar sobre la lógica de la eficacia. La sociedad actual nos empuja hacia el trabajo, la actividad y el rendimiento. Ya no somos capaces de percibir hasta qué punto nos empobrecemos cuando todo se reduce a trabajar y ser eficaces. El ritmo de la eficacia nos lleva a una existencia llena de estrés y agobio. A un deterioro de nuestras relaciones con el mundo y las personas. A un vaciamiento interior, en el cual Dios desaparece poco a poco del horizonte de la persona. Para nuestra reflexión personal: no todo es trabajar y producir.

En el mundo de hoy, los cristianos debemos de recuperar en la praxis el gesto humilde del sembrador. Debemos olvidarnos de la lógica del cosechador que nada más sale a recoger frutos y debemos entrar en la lógica paciente de aquel que siembra un mejor futuro. Por eso, el proyecto de Dios de hacer un mundo más humano, lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Lo que la Iglesia necesita es, buscar camino nuevo con la humildad y la confianza en Jesús, quién ha prometido que estará con nosotros hasta la consumación de los siglos. De este modo, solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días.

Hermanos: aprendamos a vivir en la mira y no solo desde una actitud productiva si no también contemplativa. A esperar con paciencia para que los frutos se desarrollen, en nosotros y en nuestros hermanos, pero bien dispuestos a poner en práctica la palabra de Dios. A vivir más atentos a todo lo que hay de regalo en la existencia de este mundo. Y a despertar en nuestro interior la gratitud y la alabanza. Saboreamos la vida como una gracia cuando nos dejamos querer, cuando nos sorprendemos por lo bueno que nos ofrece cada día y cuando nos dejamos bendecir por Dios, nuestro Señor.

Domingo XI - Tiempo Ordinario - Ciclo B