Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Queridos hermanos: Estamos en la última semana del Adviento, bajo la espera de la llegada del Hijo de Dios y el Evangelio que hemos escuchado nos habla del nacimiento de Jesús, pero lo hace desde un lugar muy particular: el corazón de san José.

Mateo no nos presenta grandes escenas ni palabras solemnes, sino una experiencia humana marcada por la duda, el silencio y la fe. A través de José, Dios nos enseña que el camino de la fe no siempre pasa por la claridad inmediata, sino por la confianza obediente.

El relato de Mateo 1, 18-24 abre el evangelio con una afirmación decisiva para la fe cristiana: Dios ha entrado en la historia humana de un modo inesperado, discreto y profundamente humano. El misterio de la encarnación no se presenta aquí mediante signos extraordinarios o proclamaciones públicas, sino a través de una crisis personal, una revelación en el silencio del sueño y una obediencia sin palabras. Mateo sitúa en el centro de este acontecimiento a san José, figura clave para comprender cómo la fe auténtica se vive cuando los planes de Dios desbordan las seguridades humanas.

Este texto no solo narra el origen de Jesús, sino que ofrece una catequesis teológica sobre la identidad del Mesías, el cumplimiento de las Escrituras y la respuesta creyente ante el misterio. Mateo comienza con una constatación que rompe toda expectativa: María, desposada con José, se encuentra encinta antes de vivir juntos. La afirmación “por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18), que el lector conoce desde el inicio, contrasta con la experiencia de José, quien solo percibe una situación aparentemente inexplicable y dudosa.

Este desfase entre la mirada divina y la percepción humana es teológicamente significativo. El evangelista introduce así un rasgo fundamental de la revelación: Dios actúa en la historia de maneras que inicialmente resultan incomprensibles. La fe no nace de la evidencia, sino de la confianza en que Dios está obrando incluso cuando los acontecimientos parecen contradecir sus promesas.

José es descrito como “justo”, término que en la tradición bíblica indica una relación recta con Dios y con los demás. Su justicia no se expresa en la aplicación estricta de la ley, sino en una opción que protege a María del rechazo público y de la condena.

Decidir repudiarla en secreto revela una justicia impregnada de misericordia, que antepone la persona a la norma. Mateo sugiere así que la verdadera justicia no se reduce al cumplimiento legal, sino que se abre a la compasión y al discernimiento. En José se anticipa una comprensión del obrar humano que encontrará su plenitud en la enseñanza y la práctica de Jesús.

La intervención divina se produce en un sueño, ámbito privilegiado de revelación en la Escritura. Lejos de ser un recurso narrativo secundario, el sueño expresa la iniciativa soberana de Dios, que penetra cuando el ser humano ha llegado al límite de sus propias soluciones. Aquí descubrimos algo muy cercano a nuestra propia vida: también nosotros vivimos momentos en los que Dios parece actuar de un modo que no entendemos.

La fe no consiste en comprenderlo todo, sino en no cerrar el corazón cuando la realidad nos desconcierta. El mensaje del ángel es doble: disipa el temor de José y le revela el origen divino de la concepción de María. “No temas” es una fórmula clásica de la revelación, que introduce al creyente en una nueva etapa de su historia. El miedo cede su lugar a la confianza, y la incertidumbre se transforma en misión.

El ángel encomienda a José la tarea de poner el nombre al niño: Jesús, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). El nombre no es una etiqueta, sino la revelación de la misión. Mateo subraya desde el inicio que la salvación que Jesús trae es profunda y radical: no se limita a una liberación externa, sino que alcanza el corazón mismo de la condición humana.

El evangelista refuerza esta afirmación con la cita de Isaías: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel” (Mt 1,23). En esta relectura profética, Mateo proclama que en Jesús se cumple la promesa de un Dios que no permanece distante, sino que camina con su pueblo. Emmanuel no es solo un título cristológico, sino una clave hermenéutica de todo el evangelio.

La reacción de José es inmediata y sin palabras: “Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor” (Mt 1,24). Su fe se expresa en la acción concreta y responsable. José no comprende plenamente el misterio, pero lo acoge y se compromete con él. Este silencio obediente tiene un profundo valor teológico. En un mundo que privilegia la explicación y el control, José representa al creyente que confía, aun cuando el camino no esté del todo claro.

Su obediencia hace posible que el proyecto de Dios se encarne en la historia. La figura de José adquiere una dimensión eclesial: él es custodio del misterio, servidor discreto del plan de Dios y modelo de fe para la comunidad cristiana. Mateo propone así una espiritualidad de la escucha, del discernimiento y de la disponibilidad.

Para la Iglesia de hoy, este pasaje es una invitación a reconocer que Dios sigue actuando en medio de las crisis y de los procesos humanos complejos. La fe no elimina las preguntas, pero ofrece una orientación nueva para vivirlas desde la confianza. Queridos lectores, este Evangelio nos invita a una fe sencilla y profunda: una fe que escucha, confía y actúa. Que san José nos ayude a acoger los planes de Dios, incluso cuando no coinciden con los nuestros, y a creer de verdad que Dios está con nosotros.

Domingo IV - Adviento - Ciclo B