Pbro. Lic. Adrián Tapia
Diócesis de Xochimilco
Comentario al Evangelio
Antes de comenzar el comentario a las lecturas de hoy, creo oportunísimo hacer esta exhortación: ¡Atención no nos dejemos robar la navidad! Las fiestas navideñas tienen múltiples y valiosos valores: la familia, los niños, la alegría, el desearnos la paz y un buen año nuevo. Pero sin el valor central: Cristo con nosotros, todo puede quedarse en meros deseos que no alimentan ni esperanza, ni cambios a mejor.
En los domingos anteriores la liturgia nos había presentado como personas destacadas a Isaías y Juan el bautista, pero el día de hoy es María Santísima, la figura central y modelo para vivir el misterio de la Navidad.
1ª Lectura: 2 Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16
Vemos al rey David quien buscaba construirle un Templo al Dios Altísimo y se lo manifiesta al profeta Natán que era quien hablaba con Dios. Pero Dios tenía otros planes.
En el texto, hay una crítica de Dios a estar “encerrado” en una “casa” construida por intereses político-religiosos. Dios quiere y desea algo más humano y más digno. La respuesta, para nosotros los cristianos, la tenemos en el texto del evangelio: Dios se construye una morada en el seno materno de María.
2ª Lectura: Romanos 16,25-27
El evangelio es Jesucristo que revela el misterio de Dios para que todos los pueblos, no solamente el pueblo judío o la Iglesia, sean beneficiarios de los dones divinos. Para el apóstol el evangelio debe ser la buena noticia que impregne todos los corazones de los hombres. En Cristo se revela el misterio de Dios ¿Qué misterio? el de la salvación de todos los hombres, judíos o paganos. En este sentido, pues, el evangelio, que es Jesucristo, nos revela el misterio de la salvación de Dios. Y este evangelio comienza desde que es “hijo de David” es decir, desde la Encarnación y nacimiento de Jesús para lo que nos preparamos en Adviento.
3ª Lectura: Evangelio: Lucas 1,26-38
El papel de la Virgen María en esta acción salvadora de Dios no solamente es discreto, sino misterioso. Ella debe entregar todo su ser, toda su feminidad, toda su fama, toda su maternidad al Dios de los hombres. No se le pide un imposible, porque todo es posible para Dios, sino una actitud confiada para que Dios pueda actuar por nosotros, para nosotros. No ha elegido Dios lo grande de este mundo, sino lo pequeño, para estar con nosotros. María es la que hace sensible y humano el Adviento y la Navidad.
En el texto evangélico de hoy vemos que a diferencia de David, es Dios quien lleva la iniciativa de construirse una “morada”, una casa, una dinastía, en la casa de María de Nazaret, una mujer del pueblo, de los sin nombre, de los sin historia. El arcángel san Gabriel que antes había sido “rechazado” de alguna manera en la hora de la incensación, por cierto “liturgia solemnísima del templo” por el padre de Juan el Bautista, que era sacerdote, es ahora acogido sencilla y humildemente por una mujer sin título y sin nada.
Aquí sí hay respuesta y acogida y aquí Dios se siente como en su casa, porque esta mujer le ha entregado no solamente su fama y su honra, no solamente su seno materno, sino todo su vida y todo su futuro.
No hay mejorar manera de concluir esta reflexión dominical, que acudiendo a la doctrina de san Agustín, sobre la bienaventurada Virgen María, pues él dice: María es más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Y además añade: Nada aprovecharía a María la unión materna si no llevase con mayor felicidad a Cristo en el corazón que en el cuerpo.
Queridos lectores mis mejores deseos para que vivamos esta navidad con calidez y sencillez de corazón como María Santísima torre de David, pues nos dice San Luis María Griñón de Monfort: “A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de la Virgen María”.