Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México
Comentario al Evangelio
«Dios provee» (Gn 22, 14). Ya en la antigüedad, Abraham, el patriarca de Israel, nuestro en Padre en la fe; después de haber sido probado por Dios en el monte, concluye con fe firme: el Señor Dios es providente. Capaz de escuchar toda suplica y de suministrar todo tipo de necesidad.
Esta idea, de que Dios provee, se vuelve a comprobar claramente en la primera lectura de hoy, donde se nos dice que frente al reclamo que el pueblo hebreo realizaba a Moisés al encontrarse exhausto y atormentado por la implacable sed que sentía (Ex 17, 3-7), Dios –como siempre-, atento a las quejas de sus hijos incrédulos, y a la preocupación de su siervo Moisés; presta oídos y actúa en favor de todos. Hace sacar agua de la peña (Ex 17, 6), para calmar la sed de los rebeldes y para mostrar su poder al jefe de su pueblo. Dios da de beber a los sedientos. Desvanece su aflicción, proporcionándoles líquido abundante. Ante esto, podemos preguntarnos:
¿Por qué Dios ayuda a gente ingrata e incrédula? ¿Por qué razón lo hace? La respuesta es obvia: porque él es providente. Y aunque muchas veces no es bien correspondido, su amor no deja de abastecer de bondad los corazones de sus hijos. Tiene sed.
La misma necesidad que aparece en la primera lectura, se filtra en el texto de san Juan. La carestía de agua para satisfacer el cuerpo y el espíritu, es evidente. Jesucristo, el Hijo del Altísimo, también requiere ser colmado de agua, del líquido fresco que hidrata el cuerpo y ayuda a tomar fuerzas para seguir el camino. Por ello, dice el evangelio: «Jesús llegó a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, donde estaba el pozo de Jacob. –Además, añade el evangelista-, venía cansado del camino, por lo que se sentó sin más, en el borde del pozo…» (Jn 4, 6). Su cansancio es notorio. Ha caminado, demasiados kilómetros, quizá, y el rayo del sol ha incrementado su sed.
Como hombre, se cansa, se desgasta y se deshidrata. Su cuerpo exige agua, mientras su espíritu, algo más. Como Dios, -en sus adentros divinos- experimenta la necesidad de sentirse necesitado. San Agustín decía: “Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer”. La sed que siente como Dios, no es sólo es la de abasto de agua, sino la de amor, deseo por ser conocido. Ansias por ser poseído y profundizar en su misterio. Su sed se entiende mejor en el plano interior. Jesús tiene sed de correspondencia humana, de que lo acojamos en nuestra vida, que sus enseñanzas tengan influencia en nuestro caminar cotidiano, que verdaderamente él sea nuestro suministro de auténtico amor.
La mujer, igualmente muestra grande necesidad. También tiene sed. Pero su sed, se entiende en dos campos; la física y la interior. Por eso, asiste al pozo, al lugar privilegiado, donde sabe encontrará agua. ¡Y qué clase de agua! Oímos en el texto bíblico: «Llegó entonces, una mujer de Samaria a sacar agua» (Jn 4, 7a). La miseria le mueve a trasladarse por aquel bien que sabe mitigará su ansiosa sed.
Y efectivamente, su desventura de no tener agua es transformada. La que iba por líquido terreno, terminó poseyendo el líquido eterno. Jesús, entre tanto, aprovecha el momento. Sin más, dialoga con ella, aun sabiendo que entre los dos, hay una línea divisoria de creencias y de costumbres: Uno es judío y la otra, samaritana. Uno es originario y la otra, extranjera. Él es Santo, y ella pecadora. Pero, a pesar de ello, Cristo traspasa estos criterios, contempla una miseria categórica en la vida de aquella mujer. Y so pretexto de su cansancio humano, le pide de beber. Rompe el hielo, le habla, comienza una genuina interacción con ella.
Dios es así: siempre lleva la delantera, toma la iniciativa. El que es agua viva, agua eterna, pide agua pasajera, agua terrena. Mientras pide como hombre: «Dame de beber» (Jn 4, 7b), promete como Dios: «el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna» (Jn 4, 14). La intención cristológica va más allá de mitigar la sed física, mitiga también la sed espiritual. Jesús ve el vacío existencial, la miseria afectiva y espiritual por la que pasa aquella hija de Adán. Su alma, -como la de su primer padre-, esta agrietada, su vida es completo desierto en cuya realidad se puede palpar las heridas de amores frustrados, no bien logrados, ni bien vividos, pero ante todo, se puede ver la gran sequedad de un amor que la haga creer en sí misma, que le ayude a recobrar el gozo y la alegría por vivir.
La aridez que circunda su vida es gigantesca, pero a la vez, muy conmovedora, -quizá como la nuestra- el infortunio de aquella mujer, es palpable, tanto, que el Hijo de Dios, no puede permitir que esa resequedad interior continúe apoderándose de su vida precipitando todo lo que le queda a las tinieblas y al vacío. Jesucristo, el agua viva, desea proveer de vida ese corazón –y todo interior humano- marchito por falsas esperanzas, promesas ilusorias, graves heridas o abundantes frustraciones. La samaritana escéptica y a la vez miserable, tarda en responder, demora en descubrir que, en efecto, el agua verdadera, está frente a ella, que ya no es necesario fatigarse tanto por obtenerla. Que basta solamente decir: «Señor, dame de esa agua…» (Jn 4,15). Basta renunciar a la insatisfacción, decir: “ya no más” a las falsas proposiciones humanas, decir: “hasta aquí” al pecado, al ritmo monótono y a toda extraña costumbre de estar y sentirse mal; la mujer –y toda persona que encuentra a Jesús-, ha de comenzar a confiar en las ofertas divinas que él plantea, si se quiere vivir en la eternidad.
Porque el agua de Dios anima y reanima, lava y purifica. Hidrata y da vida eterna. Él, presentándose como el agua viva, nos señala perfectamente cuál es el proceso a seguir. ¿Y qué sigue? ¿Qué procede? Lo que procede es aceptarlo y sumergirse en las profundidades de su misericordia, disfrutar de la frescura de su ternura, misma que es capaz de perdonar y reivindicar a cualquier persona que se ha equivocado y se abandona plenamente en su glorioso corazón. Con todo esto, Jesús nos está diciendo que la única forma de acceder a todos estos dones, es por medio del Bautismo. Sólo en ese baño regenerador, podremos volver a la vida. Sólo con el agua de Dios, todo vuelve a florecer.
Queridos amigos, como la samaritana, tenemos la posibilidad de solicitar el agua viva, el agua que limpia cuerpo y alma. San Pablo nos ha dicho: «ya que hemos sido justificados… mantengámonos en paz con Dios, por mediación de Jesucristo» (Rm 5, 1). Mantenerse en Cristo es sinónimo de aceptar su agua. Bebamos, pues, de Dios, de sus sacramentos, de su Palabra fiel, de su amor. Sólo él, fuente de vida nos hará manantiales de eternidad.