Pbro. Rodrigo Misael Olvera Díaz

Diócesis de Xochimilco

Comentario al Evangelio

Queridos hermanos: el evangelio según san Juan abre el ministerio público de Jesús con una serie de testimonios que orientan al lector hacia la identidad profunda del Verbo encarnado. Entre ellos, Juan 1, 29-34 ocupa un lugar central, pues constituye la primera confesión explícita sobre Jesús dentro del relato narrativo del evangelio. No se trata de una descripción directa de las acciones de Jesús, sino de una revelación mediada por el testimonio de Juan el Bautista, quien reconoce en Jesús al Cordero de Dios, al portador del Espíritu y al Hijo de Dios.

Este pasaje funciona como un programa teológico: anticipa los grandes temas del cuarto evangelio, que son: la revelación, el Espíritu, la filiación divina, el pecado del mundo y la misión salvífica, y establece el marco desde el cual deberá interpretarse toda la obra de Jesús. Desde una perspectiva teológica, Juan 1, 29-34 no solo narra un acontecimiento, sino que propone una clave hermenéutica para comprender el misterio cristiano.

A diferencia de los evangelios sinópticos, el cuarto evangelio no se interesa en describir el bautismo de Jesús como acontecimiento narrativo. El énfasis recae, más bien, en la identidad del testigo y en la validez de su testimonio. Juan el Bautista aparece despojado de cualquier ambigüedad mesiánica: no es la luz, sino quien da testimonio de la luz. El Bautista cumple plenamente su función teológica, pues es el último profeta del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, el primer testigo del Nuevo. Su mirada no se dirige al pasado, sino al futuro. No anuncia una espera indefinida, sino una presencia concreta: “Este es”. La insistencia en el testimonio subraya que la fe cristiana se apoya en la revelación histórica y en la mediación de quienes han sido alcanzados por ella. En el horizonte joánico, creer es acoger un testimonio confiable que proviene de Dios y se expresa en palabras humanas.

La proclamación “Este es el Cordero de Dios” constituye una de las afirmaciones cristológicas más ricas del Nuevo Testamento. Su fuerza teológica radica en la convergencia de múltiples tradiciones bíblicas y cultuales. Por ejemplo, evoca el cordero pascual, signo de liberación y de inicio de una nueva historia para el pueblo de Israel. La sangre del cordero, derramada en la noche del éxodo, protegía al pueblo de la muerte y lo conducía a la libertad. Aplicada a Jesús, esta imagen revela su misión como liberador definitivo, no de una opresión política, sino del pecado y de la muerte.

Además, la expresión remite al siervo sufriente de Isaías 53, quien carga con el pecado del pueblo y es llevado al sacrificio como un cordero silencioso. El evangelio de Juan, al presentar a Jesús como Cordero, anticipa la dimensión sacrificial de su muerte, entendida no como fracaso, sino como entrega voluntaria y redentora. Y la afirmación “que quita el pecado del mundo” amplía radicalmente el horizonte: la salvación no se limita a un grupo ni a una nación, sino que alcanza a toda la humanidad. En Juan, el pecado no se reduce a una falta moral individual, sino que designa la ruptura radical de la comunión con Dios, manifestada en la incredulidad y el rechazo de la luz.

Por otra parte, el testimonio de Juan el Bautista presenta una revelación progresiva de la identidad de Jesús. Primero es “el Cordero de Dios”, luego “aquel que existía antes que yo”, después “el que bautiza con Espíritu Santo” y finalmente “el Hijo de Dios”. Esta progresión no responde a una acumulación retórica, sino a un proceso teológico que refleja la experiencia de fe. La identidad de Jesús no se impone de manera inmediata, sino que se descubre en el encuentro, en la contemplación y en la acción del Espíritu.

Ahora bien, uno de los elementos más significativos del pasaje es la referencia al Espíritu que desciende del cielo y permanece sobre Jesús. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento, en quienes el Espíritu actuaba de manera puntual, en Jesús el Espíritu permanece de forma estable y definitiva. Este detalle es clave para la teología joánica: la permanencia del Espíritu indica que Jesús es el lugar definitivo de la presencia de Dios entre los hombres. Además, fundamenta su capacidad de comunicar el Espíritu a los creyentes, inaugurando una nueva forma de relación con Dios.

La culminación del testimonio se expresa en la confesión: “Este es el Hijo de Dios”. Esta afirmación sintetiza toda la cristología joánica y prepara el camino para las grandes confesiones de fe que aparecerán a lo largo del evangelio. Ser Hijo de Dios, en el contexto joánico, implica una relación única de comunión, obediencia y amor con el Padre. Jesús actúa siempre en referencia al Padre, no como enviado autónomo, sino como aquel que revela el rostro del Dios invisible.

Desde esta perspectiva, la cruz no será comprendida como un escándalo inexplicable, sino como la expresión suprema del amor filial y del don total de sí. El Cordero y el Hijo no son dos imágenes contradictorias, sino dos dimensiones del mismo misterio. Juan 1, 29-34 ofrece una profunda enseñanza para la vida de la Iglesia. En primer lugar, redefine la identidad del creyente como testigo. La Iglesia no existe para anunciarse a sí misma, sino para señalar al Cordero de Dios presente en medio del mundo. En segundo lugar, invita a asumir una espiritualidad marcada por la humildad y la entrega. El Cordero no vence por la fuerza, sino por el amor; no domina, sino que se ofrece. Esta lógica evangélica cuestiona permanentemente las tentaciones de poder y de autosuficiencia en la vida eclesial.

En conclusión, el evangelio de este Domingo, constituye una síntesis magistral del misterio cristiano. En él, Jesús es revelado como el Cordero que quita el pecado del mundo, el ungido por el Espíritu y el Hijo amado del Padre. El testimonio de Juan el Bautista no solo introduce la misión de Jesús, sino que propone un modelo permanente de fe y de anuncio. En un mundo marcado por la fragmentación y la incredulidad, este pasaje invita a redescubrir la fuerza del testimonio humilde y fiel, capaz de señalar al Cordero de Dios como fuente de vida, reconciliación y esperanza para todos.

"Este es el Cordero de Dios"