Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Arquidiócesis de México

Comentario al Evangelio

«¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Esta es la confesión del apóstol Tomás, luego de comprobar que Jesús vive y que verdaderamente ha resucitado. Delante de una herida punzante y a veces, muy presente en la mayoría de la humanidad, la duda; Cristo acerca su ser glorificado para ungirnos con su amor y sanarnos.

¿Cómo lo hace? Acercando sus propias llagas. Al volver de la muerte, ha querido conservar las señales de la crucifixión, por una sola razón: para identificarlo y para que en ellas encontremos una fuente de sanación. Por su parte, el evangelista menciona que la misma noche de la resurrección, Tomás, no estaba cuando vino el Señor por primera vez al resto de los discípulos, ¿dónde estaba?

No se sabe, pero lo que sí sabemos, es que por más que sus compañeros le decían: « ¡Hemos visto al Señor!» (Jn 20, 25); él se negaba a creer. Su dolor era tanto que le resultaba difícil aceptar algo casi imposible. Sin embargo, no es que no amara a su Señor, ¡sí lo amaba!; pero necesitaba ayuda. El escándalo de la cruz, dejó una herida tan profunda en él, que por ello fue necesario que Jesús –ocho días después-; volviera donde estaba y le ayudara a sanar.

¿Y cómo ayuda el Señor a sanar la herida de su siervo? Acercando sus heridas glorificadas. A propósito, valdría la pena preguntarnos: en esta vida, ¿quién no tiene heridas? ¿Quién no ha sufrido? ¡Todos! Nadie puede escapar ni al dolor, ni a las heridas. Pues bien, ¿cómo sanarnos entonces, si todos de una u otra manera sufrimos? Acercándonos mutuamente. Juntando nuestras heridas –como Jesús y Tomás-, pero no para llorar por el pasado o herirnos más, todavía, sino para mirarnos y fortalecernos de forma recíproca.

Por supuesto, en la fortaleza va la comprensión, el consejo y la ayuda fraterna. En efecto, Cristo muestra una vez más signos interminables de amor misericordioso y va con su apóstol para sanarlo y fortalecerlo. Aquel que está caído por el dolor y atado por la incredulidad, requiere mayor atención de su Maestro, por eso la misericordia del Señor es magnífica: «Tomás: aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano y métela en mi costado y ya no dudes más, sino cree» (Jn 20, 27) ¡Gran lección! Pero no sólo para el seguidor incrédulo, sino para todos los que estamos heridos por la duda.

Ahora bien, a través de la enseñanza de san Gregorio Magno, miremos el proceso de la fe de Tomás: “Siendo llamado por el Señor, estaba ausente. Ausente. Al venir, oyó de sus hermanos la noticia. Oyó. Oyendo la maravilla de la resurrección, dudó. Dudó. Vino a él la sombra de la duda, y con mayor razón se presentó la luz de la Verdad para que la palpara. Palpar. Y al palpar, creyera. Creer”. De modo que este recorrido, claro oscuro; lo movió a decir las palabras más hermosas que sus labios pudieron pronunciar: ¡Señor mío y Dios mío!

Fijémonos cómo la duda del apóstol no es insana, sino necesaria. Necesaria para creer. Sí Tomás, es tu Señor y tu Dios. Ahora ves claro y nos explicas a nosotros que la duda no debe llevarnos a cerrar el corazón, sino anhelar con más ardor la luz de la Verdad, para que ella venga y, con sus heridas glorificadas nos sane.

La exclamación; « ¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28) no es una expresión para reparar la vergüenza de no haber creído desde el principio, ¡no! Es más bien, una excelente confesión de fe, de quien aparentemente no creía y no merecía ser contado entre el número de los elegidos del Señor. Más, hay algo realmente curioso, a ese que parecía faltarle el aceite de la fe y cuya lámpara, voz y ánimo, languidecía; ahora ha sido renovado. El aceite de la fe encendió sus labios y corazón para reconocer en el Señor resucitado, al Dios vivo.

Por eso, ante las dudas, acerquémonos más al Resucitado, peguemos nuestras heridas a las de él y experimentaremos cómo la salud nos viene, cómo pasamos de la duda a la fe. Incluso, si delante de la Palabra, la Eucaristía, el resto de los sacramentos o los acontecimientos cotidianos; nos llega la duda y el desánimo, no temamos, no nos sintamos mal; anhelemos tanto la Verdad que ella venga y nos diga: “aquí estoy, ya no dudes más, sino cree”.

Finalmente oremos, para que por la participación en esta celebración eucarística, el cuerpo y la sangre del Señor que habremos de recibir; sea un gran motivo para decir desde lo más íntimo de nuestro corazón: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Amén.

“Deus caritas est”.

"Señor mío y Dios mío"