Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Arquidiócesis de México

Comentario al Evangelio

Domingo de Gaudete

Una interrogación inquietante, parece poner en suspenso el ritmo salvífico del Señor. Desde la cárcel, Juan el Bautista, oye todo lo que se dice de Jesús; y por ello, le manda preguntar: « ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (Mt 11, 3).

En ocasiones, cuando preguntamos algo, no es porque ignoramos eso que preguntamos, sino porque buscamos reafirmar lo que en realidad, ya sabemos. Justo este es el caso de Juan; manda preguntar si Jesús es el que debía venir o había que esperar más; pero esto lo pregunta no porque lo ignore, o porque dude del Señor, sino porque desea ardientemente cerciorar su corazón y sobre todo, afianzar la fe de los que envía a que le pregunten. Juan predicó tantoacerca de la llegada del Mesías, sus grandezas, sus alcances; que una vez que la vida del Bautista estaba por concluir, quiso para sus propios discípulos, que el Señor fuera para ellos: su motivo, su meta, su fin. Porque Juan no predicaba para ganar fama, ni mucho menos, para gozar con los beneficios de la estima del pueblo. Más bien, predicaba para que quien hiciera caso de sus palabras, se predispusiera a recibir al divino redentor. De hecho, esa es la verdadera tarea de los predicadores: encausar, orientar, hacer que se conozca a Dios. Los maestros, los gobernantes e incluso los que tenemos la labor de la cura de almas, no debemos buscar ni procurar nuestro bienestar personal, sino que hemos de predicar, enseñar y acercar hacia quien ha venido por amor a restaurarnos, Cristo Jesús.

Enviando Juan a aquellos hombres a preguntar al Señor si él era el que debía venir; propicia que escuchen de labios del mismo Jesús, lo que Juan perfectamente sabe: ¡Es él! El Señor. El Maestro. El Mesías prometido. El Emmanuel. Diciéndoles Jesús, que él es, comprenderán que ya no hay más que esperar, que el curso de las profecías lleva su paso y por ende, urge creer, urge ponerse al servicio del evangelio, el cual es camino de salvación, que refleja todo el poderío de Dios. Un poderío que no es injusto, violento, agresivo, autoritario o impositivo; por el contrario, es un poder que está en orden a favorecer a los hombres: curar sus dolencias, sanar sus enfermedades, perdonar sus pecados, levantarlos de la muerte, restablecerlos en el amor divino y ayudarles a descubrir lo cercano que es el Señor con quiense deja ayudar por él. En efecto, la respuesta que reciben de Jesús, es esto: « vayan y díganle a Juan que: los ciegos recobran la vista, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres» (Mt 11, 5).

Los signos de la presencia del Mesías –según lo anunciado por los profetas-, son los que ya hemos oído: que los ciegos vean, los sordos oigan, los leprosos queden limpios, que los muertos se despierten del sueño letal, que los necesitados conozcan el evangelio. Miremos, qué clase de bien nos trae el Señor. Sin embargo, ¡ojo! no es sólo un bien exterior, sino interior. Jesús, responde con acciones, no con promesas; con hechos, no con discursos armados y aprendidos que a menudo quedan en la farsa. Su fuerza se ordena más a reconstruir, que a destruir; a unir que a dividir. Con su sencilla bondad, enciende tantas luces, que se trata de la luz esperanzadora de cada hombre, que hasta se ha formado un camino luminoso conectando tantas etapas de la historia de la humanidad a lo largo de estos dos milenios, luego de su llegada al mundo, según la carne. ¡Sí! Cristo, ha venido a encender el mundo con su fuego divino. Pensemos, si con tocar a los enfermos, hacerse presente en la vida de los descarriados y confiar en quienes eran dignos de suspicacia; logró encender en esa gente la luz de la fe, con mayor razón en nosotros, ¿cómo no estaremos ardiendo en amor por él? ¿Cómo no confiar en su poder? Si nos ha dado pruebas fehacientes de su presencia, en la eucaristía y los demás sacramentos, en la Palabra divinamente revelada y en la comunión de su Iglesia.

¡Qué bueno sería, que nosotros nos uniéramos también, a este camino de luz hacia el cielo! Sabiendo que la luz de la que hablamos es de la fe, de la esperanza y del amor. Si Jesús con su testimonio, iluminó a quienes socorrió y después sus apóstoles y discípulos, hicieron lo mismo, ¿por qué nosotros, quedarnos atrás? Iluminemos a los demás con nuestra alegre espera en el Señor, con la ayuda desinteresada, con la generosidad que brota de la contemplación de Cristo en la cruz. Iluminemos este tiempo, no sólo con los adornos navideños y la emoción que traen estas fiestas, sino con la contundencia de nuestros actos y palabras: con la sonrisa sincera, con palabras amables, con actitudes amigables. Brille en nosotros la Luz del Señor que brota de la certeza que Cristo es: el Señor. El Maestro. El Mesías prometido. El Emmanuel. El que debía venir y ha venido ya.Finalmente, en este tercer domingo de Adviento, mejor conocido como domingo de gaudete, domingo de alegría, prevalezca en nosotros el gozo de sentir que el Señor ya viene, ya está aquí. Que resuene en nuestros oídos la afirmación que hace el apóstol Santiago, en la segunda lectura: «el Juez ya está a la puerta» (Stgo 5, 9).

Potenciemos, pues, nuestra alegría por el Señor que retorna. Llevemos una vida lo más recta posible, de modo que al venir nuestro Señor Jesucristo, podamos sentirnos dignos de él y de su amor. Amén.

Adviento III - Ciclo B